Editoriales

El candidato Sánchez exige apoyos

El Rey ha recibido en dos días a quince líderes de partidos dispuestos a que su voto sirva para nombrar al futuro presidente del Gobierno, o a vetarlo. Este es el mejor reflejo de la fragmentación política existente y de algunos sinsentidos. Varias de estas formaciones –en concreto, cinco– están adscritas al mismo grupo parlamentario y otras no tienen el menor interés en ayudar a la gobernabilidad del país, sino a su bloqueo permanente. Felipe VI ha cumplido escrupulosamente con su obligación conforme al artículo 99.1 de la Constitución: «Después de cada renovación del Congreso, el Rey, previa consulta con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria, y a través del presidente del Congreso, propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno». Así hizo ayer: Pedro Sánchez ha sido propuesto como candidato a la presidencia del Gobierno. Sin embargo, es la primera vez que esta ronda de consultas se lleva a cabo sin que el previsible candidato a la presidencia tenga cerrados los pactos que le llevarán a La Moncloa, siendo necesario sumar apoyos al no disponer de la mayoría absoluta. Partiendo de que es el Rey quien propone y lo hace en función del partido que tiene más votos y más posibilidades, deberá saber cómo se va a articular dicha mayoría, algo que supera su función cuando todavía Pedro Sánchez no ha cerrado cómo será posible su investidura, o no lo quiere anunciar públicamente todavía. Sus intereses en los pactos que va cosiendo en ayuntamientos y comunidades se lo impide. De nuevo, asistimos a una alteración del protocolo, algo que no es menor, pues lo lógico es que el Rey escuche a los partidos cuando éstos hayan aclarado sus posiciones, y especialmente al que será candidato, es decir, antes de ser designado. Por lo tanto, se ha desnaturalizado de nuevo el procedimiento –muy en la línea de Sánchez–, pues será a partir de esta ronda cuando el jefe del Estado le comunicará el candidato a la presidenta del Congreso para que convoque el Pleno de investidura, aunque en este caso no se sepa. Lo único que está claro en el calendario de investidura es que el próximo 15 de junio es la fecha de constitución de los Ayuntamientos, fecha a partir de la cual se desvelarán los pactos que desde un tacticismo nunca visto hasta ahora el PSOE podrá definir cómo llevará a Sánchez de nuevo a La Moncloa. El líder socialista dio una clave de una soberbia algo críptica: «O gobierna el Partido Socialista o gobierna el Partido Socialista». Cómo o cuándo lo dejó abierto. Sánchez anunció el inicio de conversacions con los tres partidos que pueden hacer posible la investidura o impedirla: PP, Cs y Unidas Podemos. En todo caso, deja claro que Pablo Iglesias no se lo va a impedir. Es una llamada de atención. Pero de todos los movimientos que se han producido, el que realmente tiene un calado político y verdadero sentido de Estado es el ofrecimiento de Unión del Pueblo Navarro (UPN) a abstenerse en la investidura de Sánchez si el PSOE se aleja de la posibilidad de pactar con EH Bildu para la conformación del Gobierno de Navarra. En la comunidad foral se ha constituido una mayoría –formada por UPN, PP y Cs– que ha desbancando al actual gobierno abertzale y está en manos de los socialistas navarros hacerlo posible. De esta manera, también podría hacerse posible que Sánchez rompiese amarras de EH Bildu, aunque suponga también un distanciamiento del PNV, que considera Navarra como una pieza fundamental de su proyecto nacional. Es lógico que si no hay mayoría suficiente se sumen uno a uno los apoyos, pero no para acabar construyendo un puzle de intereses partidistas que destaca sobre todo por la ausencia de un proyecto común para España.

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