Opinión

El insustancial centro de Rivera

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Una opción liberal y de centro es una oferta que, sobre el papel, siempre es atractiva. Así se define Ciudadanos. Irradia moderación, sentido común, diálogo... A ello ayuda sentirse heredero de Adolfo Suárez, cómo no, socio del elitista Macron y que Albert Rivera cite en el mismo mitin a Churchill, Roosevelt, Kennedy, Gandhi y Mandela. Una buena marca para la mercadotecnia política o, dicho por Rivera ayer mismo, «proyecto transversal e inclusivo». Pero, ¿hay algo más? Otra cosa es darle forma con un programa concreto, lo que obliga a maniobrar hacia un lado y otro del espectro ideológico para conseguir hacer valer sus votos y su precaria existencia política, de manera que al poco el electorado no sabe si es un partido de centro izquierda o de centro derecha y en qué se diferencia de unos y otros. Ciudadanos se presentó en el mapa político español de la mano de Albert Rivera –después de una valerosa posición mantenida en Cataluña– en las elecciones de 2015, en las que obtuvo 40 escaños y el 13,9% de los votos. En las de 2016 su representación se redujo a 32 diputados y un pérdida de 400.000 electores. Gran parte de aquellos votos prefirieron irse al PP, y, en el mismo tanto por ciento, los indecisos de Cs optaron por apoyar al PSOE. La claridad siempre se premia. En aquellos días, Pedro Sánchez anunciaba un acuerdo con Ciudadanos para su investidura, que Rivera aceptó –abortada por Pablo Iglesias–, aunque al final apoyara a Rajoy. El partido naranja se encuentra de nuevo ante el mismo dilema o, más que duda, ambigüedad, buscando votos a un lado y otro o anunciando fichajes, desertores del PP o del PSOE –«los desencantados» los ha definido Rivera–, que han dejando sus antiguas formaciones por conflictos que tienen más que ver con la ambición personal que con la política, lanzando, en definitiva, un mensaje basado en que el centro es recoger de un lado y otro para abrirse un espacio entre los dos grandes partidos. De su defensa de las elecciones primarias dentro de su plan de regeneración política ya nadie se acuerda, sobre todo cuando sus nuevos fichajes no deberán pasar ese filtro o hacerlo de manera teatral. El objetivo de dar el sorpaso al PP, como Podemos quería hacer con el PSOE, puede convertirse en un mal sueño y, sobre todo, un mal cálculo tras la irrupción de Vox y el trasvase de votos a esta formación, como indican todos los sondeos. Rivera no sigue la lección de los partidos centristas europeos, con algo más de experiencia de gobierno, el FDP alemán y el Liberal Demócratas británico –hoy reducidos de 57 a 8 diputados arrastrados por el Brexit–, con una clara función de bisagra. Ayer mismo, el líder de Cs ponía el pacto andaluz como ejemplo para evitar que el independentismo tenga la llave del gobierno de España, sin embargo, no perdió la ocasión para centrar sus dardos más duros contra el PP acusándole de dejar que se «celebrara al consulta independentista del 9-N y en el 1 de octubre no actuó de verdad hasta que se declaró la independencia». No es lo mejor que se puede decir a un futuro socio y dicho por quien no estaba a favor de la aplicación del 155 no deja de ser irónico y de la incoherencia llamativa. Hacer política siguiendo los consejos de las encuestas lleva a este tipo de frivolidades: ahora dice que nunca llegaría a un acuerdo con Pedro Sánchez, pero ya nadie se cree que si entre ambos consiguieran sumar los votos suficientes, Cs apoyaría al PSOE . En febrero de 2017 Ciudadanos redefinió ideológicamente el partido y eliminó las referencias al «socialismo democrático» por el «liberalismo progresista», pero en nada cambió el rumbo de partido, que sigue una trayectoria sinuosa no se sabe hacia dónde. Cs sufre un grave problema de indefinición ideológica. Es una marca a la que le falta contenido.