El PP es más que las personas

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La decisión del presidente de la Junta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, de no presentar su candidatura a la presidencia del Partido Popular puede haber disgustado a muchos militantes y simpatizantes de la formación, que le consideraban como una excelente opción de Gobierno, pero no cabe hacer reproche alguno a quien ha demostrado, desde una gran labor de gestión, respeto a los compromisos adquiridos con los electores, lealtad con sus compañeros de partido y coherencia en sus convicciones. Que hubiera sido un buen candidato a la sucesión de Mariano Rajoy habrá pocas personas que lo pongan en duda, pero eso no significa, ni mucho menos, que el futuro del Partido Popular vaya a estar condicionado por esa u otras renuncias. Todo lo contrario, las numerosas candidaturas ya presentadas para el próximo Congreso extraordinario de julio, y las que puedan añadirse en las horas que quedan hasta el mediodía de mañana, cuando se cierra la presentación de aspirantes, demuestra que nos encontramos ante una formación viva, muy lejos de la caricatura inmovilista y monolítica con que la dibuja la oposición de izquierdas y los separatistas, y que dispone entre sus filas con políticos de alto nivel, capaces de plantear sin cortapisas de ningún tipo sus proyectos de renovación. De los primeros candidatos conocidos –Pablo Casado, José Ramón García Hernández, José Manuel García-Margallo y José Luis Bayo– se podrán aducir muchas cuestiones, pero no que carezcan de experiencia política o de falta de compromiso con el partido en todas las circunstancias. Sus diferentes planteamientos, algunos con mayor incidencia en el modelo liberal, otros, en el acento más democristiano y centrista, sólo muestran la natural y deseable existencia de distintas sensibilidades en una formación que representa al conjunto del centro derecha español y que es, en consecuencia, el principal partido de España, con el mayor número de afiliados y con la más extensa implantación territorial. Unos militantes que están llamados a elegir directamente en las urnas a los dos candidatos que, por decirlo así, pasen el primer corte, y a los compromisarios que tendrán en sus manos la última decisión. Aunque es fácil señalar los riesgos de enfrentamiento y disenso cuando compiten diversos aspirantes para la presidencia de un partido, lo cierto es que la libre confrontación de ideas y la contradicción de programas y estrategias será el mejor camino para llevar a cabo ese proceso de renovación que se reclama al Partido Popular y que debe devolverle en el menor plazo posible la confianza de la mayoría de los ciudadanos. Diferencias que, sin embargo, nunca pueden ser insalvables y, mucho menos, estar marcadas por personalismos estériles, que sólo dividen sin aportar nada. Así, los populares tienen en el Congreso Extraordinario de julio no sólo la oportunidad de buscar un sucesor a Mariano Rajoy, sino de poner las bases de un proyecto renovado, sólido y sin hipotecas, al servicio de los intereses generales de la nación. Aunque habrá que contar con el ruido de fondo habitual que acompaña cualquier proceso de cambio de tanta transcendecia, lo único que debe importar a los militantes y dirigentes del PP llamados a las urnas es que el resultado sea la elección de un buen candidato, capaz de hacer una oposición sólida y responsable, enfrentarse con éxito a los tres retos electorales más inmediatos, como son las elecciones municipales, autonómicas y europeas, y, en su tiempo, recuperar el Gobierno de España.