ETA, entre la burla y el delirio

En estos días en que la banda etarra y sus cómplices pretenden hacer del reconocimiento de su derrota el pivote de un nuevo tiempo político es cuando las gentes de buena voluntad, comprometidas con la libertad y la democracia, deben mantener la cabeza fría y el corazón entregado a las víctimas. Nos aguardan, especialmente a quienes sufrieron directamente el embate del crimen, jornadas de especial ensañamiento intelectual, puesto que el cinismo y la mentira insidiosa son una forma de violencia, al que sólo se puede hacer frente desde la memoria ordenada de los hechos. Cabría esperar, incluso exigir, del nacionalismo vasco, el que representa el PNV, una negativa firme a participar en los actos propagandísticos con los que se pretende encubrir la trayectoria asesina de ETA, aunque sólo fuera por el insulto que para el conjunto del pueblo vasco supone el último texto hecho público por los terroristas, en el que afirman que la banda «se formó del pueblo y al pueblo vuelve».

Sin embargo, el PNV ha decidido enviar una representación oficial al «Encuentro Internacional» del sur de Francia, donde los proetarras pretenden, mediante un ejercicio clásico de propaganda, torcer la historia y reivindicarse como la vanguardia del separatismo vasco. Por supuesto, las autojustificaciones de unos asesinos sin alma caen de lleno en el delirio, sobre todo cuando trasladan a las víctimas la responsabilidad del «conflicto» y se definen como los artífices de la paz, y no merecerían comentario alguno si no fuera porque reclaman al conjunto del nacionalismo vasco que les conceda el protagonismo que merecen sus «años de compromiso» en esta nueva fase política del «proceso de construcción de Euskal Herria». Por supuesto, sólo quienes han compartido los fines de la banda o, por sectarismo ideológico, han justificado crímenes horrendos de quienes se reconocían marxistas, aceptarán el relato que pretenden imponer los etarras, pero lo que está en juego es la percepción que tengan de lo ocurrido las próximas generaciones de españoles que , afortunadamente, podrán crecer sin el terror cotidiano del terrorismo. Hechos como el sucedido en Alsasua, cuyo juicio ha quedado visto para sentencia, deben servirnos de aviso ante la mixtificación del terrorismo que lleva a cabo el mundo de ETA.

Por lo demás, la misiva en la que la banda anuncia su disolución y el «desmantelamiento de todas sus estructuras», lo que, dicho sea de paso, ya había conseguido la acción conjunta de las Fuerzas de Seguridad del Estado y los tribunales de Justicia, no aporta novedad alguna ni cambia las condiciones que deberían cumplir los terroristas para ser acreedores de cualquier modificación de su situación penal. Es más, como ayer recordó el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, los terroristas que permanecen huidos, como es el caso de Josu Ternera, siguen en busca y captura para su puesta a disposición de la autoridad judicial. Como hemos venido señalando desde que se confirmó la derrota de ETA a manos de la democracia española, la renuncia al uso de las armas no puede recibir compensación de tipo alguno. Las vías para la reinserción, las que contempla nuestra legislación para todo tipo de delincuentes, están ahí y son de sobra conocidas: colaboración con la Justicia para el esclarecimiento de los asesinatos que quedan sin resolver y entrega voluntaria de los responsables; arrepentimiento, pero no desde un plano moral, que sólo concierne a la conciencia de quien se arrepiente, si no procurando resarcir a las víctimas en lo posible, y cumplimiento ineludible de las penas impuestas, en las condiciones carcelarias que disponga los reglamentos de Instituciones Penitenciarias. La historia del terrorismo vasco es la que fue y nada conseguirá cambiarla.