Final de la farsa (parte 1ª)

La Razón
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Cae el telón de la gran farsa que Junts pel Sí y la CUP emprendieron hace ocho semanas con el propósito de elegir presidente de la Generalitat a Artur Mas. Decimos farsa porque estas dos candidaturas no creyeron nunca en un acuerdo, aunque ambas han hecho gala de un independentismo capaz de unir lo irreconciliable. ¿O cómo entender si no que aquellos diputados que fueron insultados, escupidos y sometidos a la humillación de salir corriendo de sus propios hijos que les impidieron la entrada en el Parlament, aquel 14 de junio de 2011, hayan suplicado su voto para que Mas –que tuvo que volar en helicóptero para sortear el acoso– vuelva a ser presidente? La política catalana ha construido en estos últimos años un enredo al gusto del nacionalismo más ramplón, en el que todo es posible en un imaginario plagado de mentiras y leyendas, un campo minado para aquellos que quieren hacer política racional basada en el peso de los hechos y en los votos contantes y sonantes; no en la voluntad intocable del pueblo catalán. Así que cuando JxS y la CUP emprendieron las reuniones para reconciliar la extrema izquierda anticapitalista y batasunizada con un independentismo de parroquia, líderes del movimiento escoltista y comerciantes con deudas fiscales bien podían haber dado por acabadas las negociaciones. Pero decidieron prolongarlas y exhibir en público su burdo desconocimiento de qué es un Estado de Derecho –porque esa ignorancia también tiene sus votantes– hasta llegar a la situación en la que nos encontramos, porque el libreto de la opereta está agotado: Mas no será investido presidente. Sobre el futuro del todavía presidente en funciones de la Generalitat mejor no hacer cábalas porque ha dado muestras de que no se rige ni por criterios políticos homologables en Quebec, Escocia o Flandes, ni por principios éticos sólidos. Ha sido un desastre para Cataluña, un mal sueño que ha contado con más apoyos de los razonables en la amilanada «sociedad civil» y en los patriotas bienpensantes, no por convencimiento de sus dotes de estadista, sino por los intereses espurios y laborales que ha generado el nacionalismo. Sobre su futuro político sólo importa saber cuál va a ser su papel en la escena final de «El hundimiento de la Casa Pujol». Lo único claro es que Mas agota sus posibilidades de continuar en la presidencia, que deja de ser útil al ex «molt honorable» y que aboca de nuevo a Cataluña a unas elecciones que, nos tememos, no van a solucionar la situación. Esto sí: cambiará la relación de fuerzas, pues el nacionalismo conservador será superado por el izquierdista y se producirá el milagro de hacer de ERC la fuerza más moderada del independentismo, hasta acabar siendo lo que suele llamarse el «pal de paller», preparada para tomar el Palau de la Generalitat. Y, por supuesto, hay todavía margen para la traición: la posibilidad de que Junts pel Sí presente otro candidato al gusto de la CUP, incluso de Catalunya Sí que es Pot (versión de Podemos manejada por Ada Colau). Esta posibilidad no sólo no supondría el final del «proceso», sino que éste tomaría otra velocidad e intentaría que a él se sumaran aquellos ciudadanos de buena voluntad que creen que un referéndum sería la solución a todos los problemas y que aplacaría a los secesionistas. La traición se basa en el arte de la discreción, por lo que no deben tenerse en cuenta ni los llamamientos a la lealtad de Junqueras ni el silencio de Romeva. Según el artículo 67.3 del Estatuto, a los dos meses de la primera votación de investidura, si no se consigue nombrar un presidente, el Parlamento quedará automáticamente disuelto. Esa fecha es el próximo día 9. La primera parte de la farsa ha terminado.