La fiesta de todos los españoles

La Razón
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La España que hoy, 12 de octubre, celebra su Fiesta Nacional no es ya, por supuesto, la nación que gestó la epopeya americana, completó para el hombre la geografía de la Tierra y creó una cultura nueva, pero sin aquella España, continuadora de la «gens» romana, los españoles no seríamos capaces de entender lo que somos ni podríamos proyectarnos con luz propia en el conjunto de la humanidad. No podríamos comprender que los hombres del descubrimiento y la conquista de América –conquista fue, sin duda– pertenecían a una época de forja de naciones que resurgía de la oscuridad y a los que el hallazgo de otro mundo, prístino y viejo a la vez, les abrió los ojos y las mentes. No entenderíamos que el Renacimiento, es decir, que la conformación de Europa, no hubiera sido posible sin el terremoto mental que supuso aquel 12 de octubre de 1492, obra en la que no sólo estuvimos, sino en la que fuimos actores principales. Hoy, pues, es la fiesta de todos los españoles, incluso la de quienes se niegan a sí mismos, ya sea atrapados en un anacronismo intelectual, ya sea en virtud de una ideología que sólo medra en el maniqueísmo y que se justifica en el rechazo del que no piensa igual. Pero quien conmemora es la España de este siglo, una de las naciones más libres y avanzadas del mundo, una de las democracias ejemplares de occidente que ha sabido rehacerse después de una larga y profunda crisis. Una vez más, porque si algo nos enseña la historia es que nuestra capacidad para superar casi cualquier adversidad forma parte de nuestra identidad como individuos y como sociedad. Es una democracia la que conmemora y, por lo tanto, nadie arrastra a nadie, nadie obliga a nadie a manifestarse como en la Venezuela de Maduro, la Cuba de Castro y la, por fortuna, extinguida URSS. Es una fiesta de hombres y mujeres libres, y sí, hay un desfile militar que refleja a la nación y su voluntad de defender la libertad y la democracia que se han dado sus gentes. Y hay jornadas de puertas abiertas en los museos y homenajes a la bandera y recuerdos a los caídos en la mayoría de los pueblos de España. Y también hay quien ha pretendido violentar la voluntad de las personas, como a los funcionarios del Ayuntamiento de Badalona, a quienes los mismos que jalean a los ayatolás de Irán y enarbolan banderas partidarias, que dividen, han querido obligar a significarse con el arma del miedo por el puesto de trabajo. Pero la España que hoy celebra su Fiesta Nacional es un Estado de Derecho, donde prima la Ley y, como no podía ser de otra forma, los jueces han ejercido su deber restaurando la libertad. No. No es esta España una nación que hace listas de «desafectos», que ejerce la vigilancia de los «enemigos» y que juzga meras intenciones como en los regímenes totalitarios que inspiran a nuestro populismo local. Ese mismo populismo que, no lo duden, militarizaría a las masas ciudadanas en nombre de una nueva sociedad mientras rechaza a quienes visten con honor el uniforme y sólo aspiran a defender a sus compatriotas, muchas veces con la entrega de la vida. Ya hemos dicho que a nadie se le impone el patriotismo ni se le exige demostrar afectividad hacia los símbolos nacionales –su escudo, su bandera y su himno–, pero sí se puede pedir, al menos, respeto a la nación española y al conjunto de valores que la representan. En los actos institucionales de Estado faltarán hoy, como en años anteriores, algunos representantes políticos. Unas ausencias estarán justificadas; otras sólo reflejarán el frentismo, ese abrir trincheras entre los ciudadanos con el que justifican sus proyectos políticos. Lo demás son excusas sobrevenidas, no pocas veces nacidas de la ignorancia. También, claro, del sectarismo.