Opinión

La herencia de la Gran Guerra

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La última guerra europea terminó en 1995. Fue la de Bosnia, que concluyó con un reparto fronterizo basado en la limpieza racial en la que cada parte podía disfrutar de su pequeño Estado sacrificando la convivencia entre grupos religiosos y étnicos diferentes. Pero incluso podíamos llegar a la de Kosovo, también con un viejo protagonista de las guerras europeas, Serbia, cuya paz se selló en 1999, aunque todavía andan ajustando fronteras. Pero si consideramos a los enfrentamientos armados del este de Ucrania de 2014 como algo que nos atañe a los europeos, la independencia de los rusos de Donetsk y la anexión de Crimea por la fuerza –con la intimidación bastó– por Puntin, habrá que aceptar que la paz en Europa es más frágil de lo que parece. En definitiva, todavía se están acomodando las fronteras dibujadas hace un siglo con el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial el 11 de noviembre de 1918. El escritor Joseph Roth, nacido en Brody, antiguo imperio austrohúngaro, hoy Ucrania –después de formar parte del imperio comunista de la URSS–, pero siempre autor en alemán y judío, dijo ante el panorama que se avecinaba de una guerra total en el corazón multicultural europeo –y entonces no era un mero eslogan–: «Todos los pueblos montarán sus propios estaditos miserables». Eso hicieron y algunos todavía persisten. Hacer prevalecer su origen cultural, su lengua y su identidad propias –saco sin fondo donde se mete todo aquello que le puede diferenciar del contrario– por encima de una entidad política común. Bajo el principio de que a toda nación cultural le debe corresponder su propio Estado con el único objetivo de crecer y ser fuertes (la «comunidad popular» indestructible de la que Hitler hizo una religión) por encima de las leyes, ideario que hoy vuelve a tener adeptos embebidos por una nacionalismo redentor. Un nacionalismo populista y zafio que esté por encima de la Unión Europea. Stephen Pinker dice que la humanidad vive la época más pacífica de su historia, y probablemente sea así, pero no lo es menos que hay síntomas de los viejos tics que reclaman identidades separadas. El encuentro entre Angela Merkel y Emmanuel Macron que tuvo lugar ayer en el vagón de Compiègne donde se firmó el armisticio hace cien años entre los aliados –Francia e Inglaterra y Alemania– es más que un gesto: es la voluntad de mantener la unidad de Europa, verdadero baluarte para la paz. Dice la historiadora Margaret MacMillan, una autoridad en la Gran Guerra, que en 1914 nadie se esperaba el inicio de un conflicto de aquellas dimensiones en uno de los momentos más prósperos de Europa y tras un siglo de paz (desde 1815 y las guerras napoleónicas), pero con lo que nadie contaba era con unos dirigentes políticos irresponsables que pusieron la violencia a su servicio para mantener sus posiciones y el predomino de las grandes potencias dispuestas a mover las fronteras a su conveniencia. Tras aquella inmensa carnicería en la que hubo siete millones de muertos nada volvió a ser igual y ni mucho menos la relación de los gobiernos, sean vencedores o vencidos, con sus propios ciudadanos, que desconfiarán siempre de su ilimitada incompetencia. No se entendería el mundo actual sin aquella sangría y sin los nuevos mapas trazados –por ejemplo, los actuales conflictos en oriente medio–, con el desarrollo de Estados Unidos como potencia global y su pareja de baile representado por el imperio soviético, hoy la vieja Rusia. Bertrand Russell, un pacifista convencido al que le costó la plaza en el Trinity College de Cambridge por mantener su posición, dejó escrito: «Me convencí profundamente de que la mayoría de los seres humanos están poseídos por una honda infelicidad que se desahoga en odios destructivos». Como antes, el nacionalismo sigue siendo la semilla destructiva de Europa.