La historia manipulada

La Razón
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Los independentistas catalanes quieren que en 2014 se celebre el referéndum con el que se formalizaría la separación de Cataluña del resto de España. Tal precipitación no tiene que ver tanto con su hoja de ruta –todavía ahora no saben qué formula legal van a emplear para ejercer el «derecho a decidir», ni la pregunta que se formulará, ni siquiera si se celebrará–, sino con una coincidencia histórica: el próximo año se cumplen 300 de la victoria de Felipe V sobre el archiduque Carlos. Dicho así, parece un contencioso dinástico incapaz de remover las emociones políticas más bajas, pero si se dice que el 11 de septiembre de 1714 Barcelona cayó frente a las tropas borbónicas, se pone en marcha la maquinaria de agravios que el nacionalismo sabe manejar con afectada precisión y falta de rigor. Ha llegado la fecha y es el momento de declarar la independencia, trescientos años después. El nacionalismo segrega símbolos y no se puede dejar pasar uno tan señalado. El año que viene, más que celebrar un hecho histórico, la Generalitat de Cataluña y todas las terminales que actúan a su alrededor van a dar la última batalla ideológica. Aunque los historiadores más solventes hablan de que la Guerra de Sucesión fue una contienda internacional impulsada por las potencias marítimas europeas, el nacionalismo catalán vive en la resentida ensoñación de que fue una guerra contra Cataluña, pieza menor en aquel tablero. Para insistir en este capítulo, esta semana comienza el simposio «España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014)», cuyo título no sólo demuestra sus intenciones manipuladoras, sino que es una aberración desde el punto de vista académico. Como muestra de ello, sólo decir que los más respetados especialistas en este periodo han denegado su asistencia. El historiador John Elliot ha sido muy claro: «Con ese título, no vale la pena ni hablar». El contenido no defraudará al nacionalismo más excluyente: «El simposio incidirá en los efectos de la represión institucional, política y administrativa a lo largo de los siglos XVIII, XIX, XX y XXI, y destacará, también en este aspecto, la represión militar y la presencia de trescientos años de españolismo en Cataluña». Es realmente difícil falsear cuatro siglos de historia en tan poco espacio. El encuentro no sólo está financiado por la Generalitat –cuya intromisión en el ámbito académico es inadmisible –, sino que responde a una estrategia política que busca el enfrentamiento abierto con la sociedad española en su conjunto al servicio de un proceso separatista que encabeza Artur Mas y que, por lo que vemos, está en su fase más delirante. En nombre del rigor histórico y de la verdad como norma democrática, la Generalitat de Cataluña debe suspender un congreso que sólo busca poner la historia al servicio del odio.