Opinión

La inconsistencia de Obama

La Razón
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Cuando se pueda abordar el fenómeno Obama con la suficiente perspectiva histórica no habrá relato inteligible que no incluya el papel determinante de las redes sociales en el momento de su máxima extensión, cuando las respuestas puramente emocionales, privadas de cualquier intermediación, sustituyeron los usos tradicionales de la política. Sólo así entenderemos que el personaje ideal que representaba Barack Obama fue más una proyección de las ilusiones de una sociedad conformada sentimentalmente por los guionistas de Hollywood, que la realidad de un político con sus virtudes y sus defectos, atado a las circunstancias y a los acontecimientos como cualquier otro presidente que haya dado la vieja democracia norteamericana. No fue, sin embargo, una alucinación local. La concesión del Nobel de la Paz por el solo mérito de la esperanza retrata a esa izquierda europea, huérfana de un proyecto económico y social, que se imaginó un líder taumatúrgico que antepondría los intereses de la humanidad, así en abstracto, sobre los de la nación que le había elegido. Craso error. Barack Obama podrá haber sido víctima de su propio personaje, de esa falacia sentimental extendida a golpe de click de que basta con la mera fuerza de la voluntad para cambiar la Historia pero, desde luego, en su actuación política siempre ha primado el frente doméstico, precisamente porque su maniqueísmo, ciego a los tonos grises de la vida, le ha llevado a mantener una larga y estéril confrontación con el adversario republicano, tan ducho como el que más en el uso de la demagogia y el populismo. Y esa servidumbre de vivir atado a la tiranía de la encuesta diaria, que es a donde, al final, conduce el nuevo ídolo de las redes sociales, explica una política exterior nefasta por puramente egoísta, aunque se venda envuelta en buenismo. Simples anhelos ante la realidad tozuda de un mundo complejo con problemas enraizados de siglos. Sólo así se explica la miopía de la Casa Blanca ante los procesos revolucionarios árabes y la inconsistencia estratégica de las retiradas de Irak y Afganistán. En Oriente Medio, Obama siempre ha ido a remolque de los acontecimientos, reaccionando a lo inmediato y sin un proyecto. Y, lo que no deja de ser una ironía cruel, repitiendo aquellas políticas que tanto criticaba a su antecesor, George W. Bush, que se vio enfrentado al mayor desafío terrorista de la historia. Hoy, Obama bombardea Irak, impone presidentes títeres, negocia con Irán, respalda dictadores, agita peligrosamente el delicado tablero del Kurdistán y da bazas dialécticas a Hamas frente a Israel. Decisiones impuestas por la urgencia de las circunstancias y la cristalización de la amenaza yihadista de Al Qaeda y sus adláteres. La misma amenaza que un día de primavera soñó haber conjurado.