Lecciones de una tragedia

La Razón
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España se encuentra conmocionada por la tragedia ferroviaria de Santiago de Compostela. Aún sin poder confirmar el número de víctimas mortales, puesto que varios de los heridos se debatían ayer entre la vida y la muerte, se trata del accidente de tren más grave ocurrido en nuestro país en los últimos 41 años. Ochenta fallecidos en un descarrilamiento brutal, captado por las cámaras de seguridad de la vía, que suscita las inevitables preguntas sobre sus causas y la reflexión sobre qué medidas sería preciso adoptar para que no pueda volver a producirse una desgracia de tal magnitud. Por el momento, y hasta que las investigaciones que llevan a cabo Renfe y el juzgado compostelano determinen con exactitud lo ocurrido, sólo se puede apuntar que el convoy Alvia, uno de los trenes más modernos en servicio, iba excesivamente rápido. Aunque la línea Madrid- Ferrol ya está adaptada para la alta velocidad, el tramo donde se produjo el descarrilamiento respondía a condiciones especiales, por hallarse a la entrada de un casco urbano consolidado y con un trazado en curva. Aún así, estaba dotado del sistema internacional de seguridad ASFA Digital, de uso en el 90 por ciento de la red ferroviaria española que, entre otras funciones, advierte al maquinista cuando sobrepasa el límite de velocidad establecido, pero que sólo frena el convoy en caso de que el conductor no active el reconocimiento de señal. La «caja negra», que conserva los parámetros técnicos de la máquina, incluido un tacógrafo, y graba las comunicaciones de cabina, establecerá a qué velocidad exacta abordó el tren una curva limitada a 80 kilómetros por hora, aunque la brutalidad del choque, que lanzó despedidos algunos vagones como si fueran de papel –lo que explica la altísima proporción de muertos y heridos entre el pasaje– da testimonio de la enorme inercia que llevaba. Es preciso, pues, aguardar el resultado de la investigación, pues, si bien se apunta a un fallo humano, no debemos olvidar que el maquinista del Alvia, imputado por el juez, que ya le ha tomado declaración, tenía sobrada experiencia en la línea, por la que llevaba circulando más de un año y medio, y sabía que debía empezar a frenar antes de entrar en el túnel, a unos cinco kilómetros de la estación compostelana. Como casi siempre que se produce un accidente de tan dramáticas consecuencias, las especulaciones y las hipótesis, muchas sin fundamento, se multiplican, y más en estos tiempos de pleno desarrollo de las redes sociales. Porque el hecho es que la red ferroviaria española, especialmente las líneas del AVE, responde a las mayores exigencias de seguridad, con unos sistemas de control homologables con los mejores del mundo y que se han ido perfeccionando a los largo de los últimos veinte años. Habrá, por supuesto, que sacar las enseñanzas precisas de esta tragedia y corregir lo que sea necesario, aunque sin exigir la utopía imposible de una seguridad absoluta. Pero dentro de la desgracia inaudita sufrida en la víspera de Santiago Apóstol, patrón secular de España, también debemos destacar el extraordinario comportamiento de la sociedad española, que, una vez más, demuestra sus mejores virtudes en las dificultades. Desde los vecinos de Santiago, que en los primeros momentos de la tragedia, despreciando el peligro, se lanzaron a las vías para ayudar en lo posible, hasta los miembros de los Servicios de Emergencia, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, los médicos y enfermeros de los hospitales, los propios enfermos que se ofrecieron a ceder sus camas para facilitar el tratamiento de los heridos, los ciudadanos que hicieron colas de horas para donar sangre, los que abrieron sus casas a los familiares de los heridos, los especialistas forenses, llegados de toda España, que trabajaron intensamente para acortar en lo posible la angustia de quienes aguardaban por confirmar la suerte de sus seres queridos. También los técnicos de Renfe; los responsables políticos que coordinaron, sin banderías, las labores de rescate; todos los españoles que transmitieron en esas terribles horas su apoyo sentido a las víctimas y a sus familiares... Todo un país entristecido, en suma, ha dado una lección de solidaridad y compromiso. Ayer, Sus Majestades los Reyes, Don Juan Carlos y Doña Sofía, se trasladaron al lugar de la tragedia para simbolizar el dolor y transmitir el pésame de toda la Nación. De un pueblo volcado con Santiago de Compostela que con sus representantes políticos al frente, desde el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, al presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo; con los dirigentes de los partidos, los sindicatos y la Iglesia, se ha unido para hacer patente ese gran movimiento solidario. Para trasladar a las víctimas la certeza de que nunca se quedarán sin el apoyo de sus compatriotas.