Opinión

Mal comienzo

La Razón
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El acuerdo firmado entre las tres grandes formaciones políticas de la UE –populares, socialdemócratas y liberales– para elegir al candidato de la derecha, Jean Claude Juncker, como presidente de la Comisión Europea estaba destinado a enviar, por encima de diferencias ideológicas, dos poderosos mensajes políticos. El primero, hacer visible la existencia de una gran mayoría europeísta en la Cámara, capaz de hacer frente al auge de los grupos euroescépticos y dispuesta a seguir construyendo el gran espacio europeo, sinónimo de libertad, democracia y desarrollo; y el segundo, la vinculación de la elección del presidente del Ejecutivo europeo al voto ciudadano, es decir, a la opción más votada en las urnas, en lugar de repetir el sistema anterior de componendas entre bastidores y sin consenso. Dos apuestas institucionales de tal calado no podían traducirse más que en la amplísima mayoría –422 votos a favor; 250 en contra– con la que ha sido refrendado Juncker por el Parlamento Europeo. No ha contado, sin embargo, con el apoyo de los 14 eurodiputados socialistas españoles, pese a que habían firmado el pacto expreso, tal y como ha revelado el popular González Pons, y pese al convencimiento de la mayoría de los socialistas representados en la Eurocámara de que Europa se construye desde los grandes partidos moderados, frente a los extremismos populistas de izquierda y derecha. De ahí, la evidente incomodidad que mostraba un político de larga trayectoria como es Ramón Jáuregui a la hora de justificar el cambio de opinión de su grupo, que alineaba al socialismo español con quienes pretenden, lisa y llanamente, la destrucción de una Europa que es garantía frente a la amenaza de los totalitarismos y la xenofobia. Ninguno de estos argumentos ha hecho mella en el nuevo secretario general del PSOE –todavía falta su designación oficial el próximo día 26–, Pedro Sánchez, responsable de una decisión que, cuando menos, demuestra la inexperiencia de quien no acaba de sustraerse a las disputas de la pequeña política doméstica. No es sólo el incumplimiento de una palabra dada por escrito lo más rechazable en su actitud, sino la justificación de su postura frente a un candidato de consenso por razones de sectarismo ideológico, desde los prejuicios de una izquierda que, además, sólo ha demostrado su eficacia a la hora de generar parados. Podemos entender la preocupación en el seno del socialismo español por el surgimiento de partidos populistas a su izquierda, fenómeno que se repite en tiempos de crisis económica, siempre favorables a los vendedores de pócimas mágicas, pero no es doblando la apuesta de la demagogia como Sánchez conseguirá devolver el espacio a su partido. Precisamente, el voto a Juncker representaba el de una izquierda sólida y con vocación de Estado.