No es la dimisión de Rajoy, es la ambición de Sánchez

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La realidad es terca y ha vuelto a demostrar, paso a paso, lo que sólo los más escépticos sobre la calidad política y moral de Pedro Sánchez sabían que iba a suceder: que haría todo lo posible para ser Presidente del Gobierno. Costase lo que costase. Le apoyasen quienes le apoyasen. Pactase lo que pactase. El objetivo era La Moncloa y por encima de él no había nada de lo que desdecirse, arrepentirse o avergonzarse. En la historia de nuestro parlamentarismo moderno no se recuerda una escena de fariseísmo político como la que representó ayer en el Congreso el candidato socialista. Aceptó sin pestañear los Presupuestos Generales del Estado (PGE) aprobados por el PP hace una semana –con el apoyo de Cs y PNV–, contra los que votó y arrojó los calificativos más denigrantes. Esa es la senda de populismo por la que transita este irreconocible PSOE. Volvía con toda la saña su mayor aportación política: el «no es no». Aceptó estos presupuestos no porque creyese en ellos, sino porque le servían para ofrecérselos al PNV para conseguir su voto favorable a la moción de censura. Hay que volver a deletrearlo: Sánchez ofreció a cambio del apoyo de los nacionalistas vascos las cuentas que tanto costó cuadrar a Mariano Rajoy y que él votó en contra. Ofrecer como dádiva a los cinco diputados vascos necesarios para su asalto a La Moncloa lo que con tanta obcecación se negó a apoyar dibuja la calidad política de Sánchez. Como era lógico, el portavoz del PNV los aceptó –540 millones acordados con el Gobierno– y tuvo la insolencia de decir que esperaba que los PGE pasaran el trámite del Senado –donde el PP tiene la mayoría– porque sería una gran irresponsabilidad devolverlos al Congreso. Y se lo estaba diciendo a quien los había bloqueado y tan indecentemente los estaba utilizando ahora para derribar a Rajoy, el que los sacó adelante. Aitor Esteban abusó de la debilidad del Gobierno y vuelve a abusar de la ambición desmedida de Sánchez. Lo grave es que esta puede ser la tónica de lo que queda de legislatura. El PNV ha demostrado su egoísmo político sin medida y una soberbia que deberá apaciguar con vistas a que los presupuestos que tanto valoran ahora –quién lo iba a decir: los fraguados por el presidente caído– pasen el trámite del Senado.

Rajoy podía haber dimitido y bloquear así la moción, como se rumoreó a lo largo de toda la sesión, pero no era esa la cuestión. No era más que un intento de los socios de Sánchez de disimular su enorme responsabilidad de convertir en presidente a alguien que no ha ganado ninguna elección y que ha llevado al PSOE a su nivel más bajo. Quien sí está a tiempo de dimitir para no llevar a España al desgobierno es el propio candidato socialista. La sesión de ayer fue dura, con mucha frivolidad, y fue dolorosa para el todavía presidente del Gobierno: era víctima de una traición en toda regla por un político de tono menor con el que días antes había llegado a acuerdos de Estado. Rajoy no se merecía este final. Ya no sólo en lo personal, sino por asistir a la escena de ver cómo el PSOE recibía el voto de los partidos independentistas, incluido los proetarras de Bildu, cómo todos repitieron el mismo discurso y, sobre todo, cómo Sánchez destrozó el pacto constitucional en Cataluña para conseguir el apoyo de los partidos independentistas que protagonizaron un verdadero golpe a la legalidad democrática. La irresponsabilidad del líder socialista al querer gobernar con tan solo 84 escaños, el apoyo de una amalgama de partidos radicalizados y un PNV dispuesto a mejorar los ya recibido en los PGE sitúa a España en una situación complicada en nuestra recuperación económica. Que el PP pase a la oposición no es una deshonra porque puede defender una gestión que ha dado buenos resultados. La gravedad de la situación es que Sánchez quiere gobernar con una minoría exigua y débil. Lo pone mal este PSOE para poder confiar en él; su deslealtad ha sido escandalosa y el PP no tendrá más remedio que romper sus relaciones y acuerdos institucionales con los socialistas hasta que el futuro inquilino de La Moncloa convoque elecciones. No lo hará, porque no eran estas sus intenciones: en su hoja de ruta estaba preparada la moción de censura y fraguar un pacto con los nacionalistas en un momento en el que el desafío independentista catalán y el artículo 155 había creado un frente anti PP del que muy escrupulosamente se ha apartado Sánchez con sus discursos ambiguos sobre la España «plurinacional».

Sintomático que el candidato socialista no replicase algunas intervenciones indignas de sus socios, lo que muchos votantes socialistas no entenderán. España entra en un experimento cuyos resultados desconocemos. La ambición sin límite de Sánchez ha colmado sus objetivos: llegar a La Moncloa sin ganar unas elecciones que hubiese perdido. Él y sus socios son un verdadero riesgo para la estabilidad.