Obligado a buscar nuevos aliados

La situación política española está marcada por un hecho: ninguno de los partidos del arco parlamentario tiene mayoría suficiente para formar gobierno. La solución está inventada: sólo el pacto entre ellos puede desbloquear la situación. Pero el contexto es muchos más complejo porque las alianzas posibles dibujan un panorama realmente ingobernable. Este es el único motivo por el que Pedro Sánchez no salió investido el pasado 25 de julio. Socialistas y Unidas Podemos no se fían el uno del otro y, aunque se necesitan –los primeros para llegar al Gobierno; los segundos para demostrar a sus deprimidos seguidores que son útiles y la garantía de que se cumpla un programa de izquierdas–, no tienen claro que esta operación les acabe beneficiando. Podemos, de ser el aliado principal del PSOE, se ha convertido en el mayor estorbo para afianzar la hegemonía socialista y poder alcanzar la mayoría absoluta, por lo que no tiene más objetivo que neutralizarlo y arrebatarle los votantes que se fugaron. La estrategia de Sánchez es arriesgada, porque, a pesar de mermar las posibilidades de Iglesias, es difícil que supere los 174 diputados para hacerse con la mayoría de la Cámara. A estas alturas es difícil saber si los socialistas tienen un plan preciso o si todo es fruto de la improvisación, es decir, si su objetivo es repetir de nuevo elecciones o forzar a Podemos a que dé su apoyo a cambio de nada. Sánchez y su asesor áulico han vendido el relato de que el único responsable de que el candidato socialista no hubiese sido investido presidente es Iglesias, primero, y Cs y PP, en segundo lugar. Hay que tener mucha fe en el «relato» –que no deja de ser convertir una mentira en verdad o, por lo menos, en verosímil– para culpar a todos los partidos de no hacer presidente a quien ha sido incapaz de definir quiénes son sus aliados. No olvidemos que ni siquiera consiguió el apoyo de los que le permitieron la victoria en la moción de censura. De celebrarse elecciones, el PSOE subiría 1,8 puntos y un incremento de diputados de siete escaños –en el punto más alto de la orquilla–, lo que supondría 130 diputados frene a los 123 actuales. Con estos datos, la alianza de Sánchez e Iglesias se sitúa al mismo nivel que en la actual legislatura –con sólo un diputado más–, lo que le obliga a necesitar el apoyo de los partidos independentistas para llegar a La Moncloa. El único partido que tiene un ascenso notable es el PP, con 5,2 punto y 20 diputados, lo que supone recuperar más de un millón de votos, en su mayoría procedentes de Cs y Vox. La lectura que se puede hacer de estos resultados es que la posición de Pablo Casado en la sesión de investidura –el sondeo se realizó días después– mostró a un líder con sentido de Estado, con un tono serio y dispuesto a ayudar a la gobernabilidad del país. En contraste con Albert Rivera, cuyo radicalismo quedaba en nada al emplear un tono histriónico, teatral y vacío. El descenso de Cs, 1,7 puntos y siete escaños, puede ser menor de lo que auguraba la profunda crisis que vive la formación naranja, aunque la pérdida de 665.665 votos no es menor. Vox se dejaría 768.092 electores, lo que insiste en la pérdida de confianza en una formación que ha exagerado su lado ideológico frente a los problemas reales de los ciudadanos. En definitiva, los dos bloques apenas se mueven y, de celebrarse elecciones el próximo 10 de noviembre, en nada se alteraría el mapa político. Con esta perspectiva, Sánchez debería cambiar su estrategia y comprender que con el único partido que suma la mayoría absoluta es con Cs, lo que también obligaría a Rivera a cambiar su objetivo de superar al PP y, por contra, hacer valer sus votos para un programa moderado, europeista y con una política territorial que impida que los nacionalistas condicionen el gobierno de España. No es poca cosa si se consiguiera.