Opinión

Por una Iglesia renovada

La Razón
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Con el nombramiento de monseñor Carlos Osoro como arzobispo de Madrid, Su Santidad el Papa Francisco quiso que se abriera el tiempo de los «pastores» –por contraposición al de los «príncipes»– en la mayor y más influyente diócesis española, llamada a liderar un cambio en el ejercicio de la fe, que, sin menoscabo de la larga tradición de nuestra Iglesia, debe poner el acento en la cercanía con los problemas y anhelos de los fieles, pero también, y con énfasis, en aquellos a los que el proceso de secularización de la sociedad española ha alejado de la Iglesia, en muchos casos, bajo falsas premisas de incompatibilidad entre la modernidad y la religión. Contra esa absurda confrontación entre la «perenne inmovilidad» y la «improvisación incesante», monseñor Osoro llevó a la casa de LA RAZÓN la «cultura del encuentro» que Francisco quiere convertir en el eje de su pontificado. Se equivocan, sin embargo, quienes busquen en esa apertura a la realidad de una sociedad que está conformando una nueva era, un nuevo tiempo, la enmienda, siquiera parcial, a la doctrina de los anteriores pontífices. Porque monseñor Osoro expresó la misma rebeldía frente a la mistificación de la verdad que siempre ha sido seña de identidad de la Iglesia católica. Es esa búsqueda del «derecho verdadero» frente al «derecho aparente», para la que no basta como legitimador el principio de las mayorías, sino la necesidad de la justicia y de la verdad. Y, sin embargo, es cierto que se está produciendo un gran cambio en la Iglesia católica. Un cambio orientado hacia el desarrollo de las denominadas «sociedades éticas», en las que la religión debe jugar un papel fundamental en la convivencia desde el propio concepto de la libertad de ejercicio, pero en las que es preciso a la vez contar con todo el cuerpo social, en el que se reflejan otras formas válidas de entender la vida. Monseñor Carlos Osoro es, ciertamente, un hombre idóneo para el tiempo nuevo que impulsa Su Santidad y como tal fue elegido, dentro del proceso de renovación interna de Curia española. Una exigencia de servicio que aceptó desde el primer momento, cuando reconoció que la Iglesia no tenía la solución para todo, pero que si se prima el corazón y no se cierra, es posible hallar soluciones. «Hay que tener proyectos, y es imposible hacerlos desde la confrontación, desde la falta de acuerdos, desde el conflicto», decía en su toma de posesión, confirmando que la Iglesia española está llamada, como la del resto del orbe católico, a pasar de una pastoral de mera conservación a otra decididamente misionera, en la que los laicos están llamados a tener un papel principal. Una mano tendida a la que los poderes públicos y el conjunto de la sociedad deben responder desde el respeto y el diálogo leal.