Opinión

Respuesta acertada

La Razón
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La repatriación del misionero Miguel Pajares, que ha contraído el virus del ébola desempeñando su labor como director del hospital de San Juan de Dios en Monrovia, la capital de Liberia, y de la religiosa Juliana Bohi, también de nacionalidad española, ha sido una decisión acertada y su ejecución no admite reproche. Es de justicia reconocer el trabajo eficiente y la coordinación de los ministerios de Defensa, Exteriores y Sanidad. El primero se ha encargado del traslado del paciente a bordo de un Airbus 310 medicalizado con los medios humanos y técnicos necesarios para garantizar la seguridad de la operación y de cuantos intervienen en ella. Por su parte, Sanidad y la Comunidad de Madrid han elegido la opción hospitalaria que consideramos más lógica y adecuada: el Hospital Carlos III, que es el centro de referencia de enfermedades tropicales y epidemias. También es de justicia reconocer la rapidez y eficiencia con que han reaccionado los responsables y el personal del centro sanitario para adecuarlo a las exigencias médicas del paciente. Por más que en situaciones como éstas siempre aparezcan oportunistas mezquinos que pretendan sacar rédito político o sindical, lo cierto es que la inmensa mayoría de los ciudadanos aplaude que los poderes públicos se hayan volcado con el padre Pajares, cuya entrega y sacrificio por los enfermos de Liberia le han llevado a pagar un altísimo tributo. Socorrer y ayudar a españoles ejemplares como él, que prestigian el nombre de España allá por donde pasan, es una obligación moral de la sociedad y una justa restitución de todo cuanto ellos han aportado a la colectividad. Es comprensible que, llevadas por la compasión, se hayan alzado voces para que también sean trasladadas a España otras dos religiosas del hospital San Juan de Dios contagiadas por el ébola, la congoleña Chantal Pascaline y la guineana Paciencia Melgar, ambas estrechas colaboradoras del padre Pajares. Al margen de que las condiciones y capacidad del Airbus 310 pudieran permitirlo o no, conviene reparar en que no es lo mismo atender con urgencia a un paciente cuya vida pende de un hilo que afrontar al mismo tiempo tres casos extremos, víctimas de una epidemia para la cual aún no existe cura. De las personas cabe esperar una conducta altruista, pero de los gestores públicos lo exigible es que actúen con eficacia, pragmatismo y provecho del bien general. Por lo demás, es aconsejable no caer en alarmismos. El ébola es, en efecto, un virus muy agresivo que se contagia con suma facilidad si no se adoptan las precauciones necesarias. De ahí que esté causando estragos en los sectores más pobres y más apartados de Guinea, Sierra Leona y Liberia. Pero es impensable que la epidemia se pueda propagar a los países con avanzados sistemas sanitarios, como es el caso de España.