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Rivera paga querer sustituir al PP

Tiempo de lectura 4 min.

25 de junio de 2019. 03:00h

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24/6/2019

Ciudadanos aspiraba a ser un partido de los llamados bisagra, centrista y moderado, una pieza que evitase a las grandes formaciones el pacto con los nacionalistas –vieja CiU y PNV– y ahora con los independentistas –ERC, incluso Bildu– y que diera un sentido nacional a toda la política española. Un nuevo ciclo que inaugurase en España la idealizada «tercera vía» liberal. Su irrupción en el Parlament de Cataluña en 2006, con tres diputados, tras una breve campaña de unos meses, hacía presagiar que se abría paso una opción a favor de la Constitución, de la igualdad de los territorios de España y en contra del nacionalismo identitario que avanzaba sin control. En 2017 ya era el partido más votado en Cataluña y con mayor número de diputados, una representación que, pese a la valentía de Inés Arrimadas, no supo aprovechar: no hubo la esperada moción de censura que hubiese obligado al PSC y a los de Colau a tomar partido. En las últimas elecciones generales, Cs mejoró sus resultados, pero no consiguió su objetivo: superar al PP. Pese a que los diputados obtenidos (57) no le permitían liderar la oposición, se empeñó en suplantar al PP (66), con una gran falta de respeto y soberbia por parte de Albert Rivera, una estrategia equivocada que parte de un análisis erróneo de sus posibilidades. Ese factor personal tiene mucho peso en política. Cs no tiene ni la trayectoria, ni la experiencia, ni si quiera el sentido de Estado de los populares, como se está viendo ahora, además de un sentido patrimonial de los valores que representa la España democrática. Rivera no es Adolfo Suárez. En 2018 Cs firmó con un agónico PSOE el llamado «Acuerdo para un Gobierno reformista y de progreso», que no salió adelante porque no consiguieron el apoyo prometido de Podemos. Aquella fue una opción que estaba delimitando muy claramente su posición en el centroizquierda; luego permitió que Rajoy siguiera al frente del Gobierno. Salvando aquel pacto frustrado, Cs está ahora ante su decisión política más trascendente: hacer presidente a Sánchez con su abstención. No es una decisión fácil y tampoco es justo que Rivera deba asumir toda la responsabilidad de un gobierno tan minoritario como el que es capaz de formar Sánchez, pero Cs está pagando su indefinición y su pérdida del sentido del valor real de sus votos. Rivera quería ser presidente, creía que era posible en un tiempo récord, pese a que su partido no tenía ninguna experiencia de gestión, pero se interpuso Sánchez. Rivera no ha asumido aquel golpe. Esa es la realidad e insistir es equivocarse, con la consecuencia que estamos viendo. Los partidos de la nueva política –Cs y Podemos– sufren de hiperliderazgo y su crecimiento o destrucción depende exclusivamente de ellos. Rivera no ha sabido defender su gobierno de coalición en Andalucía con el PP y el apoyo parlamentario de Vox, ni ha sabido explicar algunos pactos en ayuntamientos y comunidades. En estos momentos, Rivera no llega más que a unos mensajes en torno a la regeneración, caducos por repetidos, y al liberalismo. En febrero de 2017, Rivera impuso un cambio ideológico que suponía renegar de los presupuestos de la socialdemocracia para situarse en el «liberalismo progresista», un cambio que no lo fue en el campo de las ideas –definirse como «un partido constitucionalista, liberal, demócrata y progresista» ya es asumible por muchos–, pero en la práctica suponía un giro a la derecha que no han entendido muchos de sus dirigentes y fundadores. Es innegable que Cs vive una profunda crisis por su estrategia confusa, errática y, en muchos casos, caprichosa en designación de cargos, pero competir por el centroderecha ante el PP es un reto demasiado grande. Ya le está pasando factura.

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