Sánchez sólo aspira a forjar una alianza de todos contra el PP

La Razón
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No se recuerda otro discurso de investidura a la presidencia del Gobierno como el que pronunció ayer Pedro Sánchez. Como pieza de oratoria parlamentaria no estuvo a la altura de lo que se le exige a un candidato que ni siquiera tiene la mayoría para salir elegido y que necesita cosechar nuevos aliados. No desarrolló ninguna propuesta nueva y atractiva, ni una «idea fuerza» que realmente demuestre que el suyo es un proyecto creíble, viable y que puede sumar votos (Ana Orama, de Coalición Canarias, el único apoyo que el PSOE había conseguido, además del muy decepcionado de Ciudadanos, anunció ayer su abstención). Su intervención estuvo trufada de coletillas vacías: «¿Por qué no nos unimos para hacer un Gobierno del cambio?». Estuvo en las manos de Sánchez ofrecer una razón para votarle, pero no dio ninguna convincente, más allá de las expuesta en los últimos días. Era evidente que el discurso de Sánchez no iba dirigido a los 350 diputados reunidos en el Congreso y que se trataba de un discurso claramente de perdedor, de alguien que sabe que no va a sacar los votos necesarios y que se ve obligado a exponer ideas mal articuladas, con una argumentación muy poco convincente y apoyada de manera casi exclusiva en otorgarse la prerrogativa de que todo es posible –para bien, claro está– en un futuro «gobierno del cambio». Un gobierno del cambio basado en poner en marcha un «cordón sanitario» que mantenga aislado a Mariano Rajoy, a pesar de sus más de siete millones de votantes. Sánchez llegó a cuantificar en 18 millones el número de españoles que en las pasadas elecciones votaron «no a la continuidad del actual Gobierno», suma que incluye a todos los que concurrieron a los comicios, incluidos Bildu y ERC y dejando al margen muy sospechosamente a Ciudadanos, su actual y único aliado. De ser así, lo que es realmente inexplicable es por qué el PSOE no consigue, o no quiere, que se alcance esa mayoría, que supondría su investidura. Sólo hay una respuesta: esa mayoría no existe y no está a favor del cambio que vende Sánchez y, de hecho, algunos de los partidos que la forman están radicalmente en contra de éste. Por lo tanto, ya es hora de que los socialistas reconozcan un hecho que allanaría el debate, más allá de querer castigar al PP: no disponen de votos suficientes. No puede hacer valer esa gran mayoría de 18 millones de votantes contra el PP y, a la vez, decir que «nuestra propuesta es la de tender la mano al Grupo Popular para dialogar y acordar sobre grandes asuntos de Estado». No hay que manosear palabras como «diálogo» para esconder la carencia de no poder conseguir el número de apoyos suficientes y endosar la responsabilidad a quien no acepte sus condiciones. Decir, como ayer dijo, que el PSOE «no pide nada a cambio» es no ser consciente de lo que tiene entre manos: pide nada más y nada menos que la presidencia del Gobierno. Sobran declaraciones tan vacías, resabiadas y edulcoradas como «un diálogo, cuando es de verdad, exige asumir el riesgo de ser convencidos». Fue tal su debilidad que, como argumento para forjar un gran pacto de izquierdas, echó mano de un concepto que ni la «tercera vía» zapaterista se atrevió a emplear: mestizaje para hablar de alianzas. Ese nuevo estilo de comunicación política consiste en desprenderse de principios y programas sólidos, que es lo que hace de los partidos estructuras de representación creíbles: no en balde no tuvo ni una sola palabra de reconocimiento a las víctimas de terrorismo, como sí las tuvieron en su momento otros candidatos, ni siquiera como un guiño en el día en que sale en libertad Arnaldo Otegi. Sánchez ha consumido en muy poco tiempo valores que distinguen a los políticos con fundamento: la lealtad y el respeto al adversario. La situación en la que ha dejado a Albert Rivera, al cortejar a Pablo Iglesias una vez firmado el pacto con Ciudadanos, pone en duda su fiabilidad. Que ayer no leyera en su discurso la propuesta acordada con Ciudadanos de suprimir las diputaciones, que sí incluía el texto, para así conformar a sectores de su partido, demuestra que ahora mismo no es un político en el que se pueda confiar. Tampoco puede erigirse como el gran conciliador de la nueva política española, después de haber faltado al respeto al presidente del Gobierno en funciones o en querer reunirse con él, que es, después de todo, el candidato con más votos. Pedro Sánchez demostró que no está en condiciones de ser investido, tanto numérica como políticamente. En estos momentos, cualquier alianza que esté bajo el mando del líder de los socialistas no asegura ningún gobierno estable nacido de un plebiscito artificial: votar «sí» o «no» a Mariano Rajoy. Un gobierno a la contra.