Sindicalismo profesional

La Razón
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La UGT atraviesa una de las etapas más complicadas de su historia, por no decir que la más adversa en cuanto a descrédito, impopularidad y desconfianza entre una ciudadanía que la asocia ya con los problemas de corrupción del país. Es una organización bajo sospecha por la constatación, avalada por un reguero de documentación, de que las subvenciones públicas concedidas por las administraciones, especialmente por la Junta de Andalucía, fueron desviadas y manejadas con criterios y objetivos muy distintos a los previstos. La gestión del escándalo por parte de los dirigentes empeoró la maltrecha imagen de la central ante la opinión pública. Primero lo negaron, luego responsabilizaron a la Prensa conservadora y finalmente lo han minimizado. Tan sólo cedieron la renuncia de un personaje amortizado, como el ex secretario general de la UGT de Andalucía. Absolutamente insuficiente por parte de quienes exigieron comportamientos ejemplarizantes cuando las sospechas se cernían sobre otros. Hoy, todas las miradas están puestas en un clan directivo que, por activa o por pasiva, auspició, consintió o se benefició de una gestión fraudulenta del dinero público. Una casta dirigente que se ha perpetuado en el poder hasta convertirse en auténticos profesionales del sindicalismo. Una burocracia institucionalizada que arranca con Cándido Méndez y sus casi dos décadas al frente de la organización, pero que incluye a la mayor parte de la Ejecutiva ugetista, cuyos miembros ocupan sus cargos una media de diez años. Hablamos, por tanto, de una estructura hermética y granítica, que se ha sucedido a sí misma congreso tras congreso, amparada en la fortaleza de un aparato que no ha dejado margen alguno para la sorpresa o la disidencia. El resultado ha sido el que está a la vista de todos. La ausencia absoluta de renovación durante décadas ha conducido inevitablemente a la ocupación del poder, a las malas prácticas y al descontrol paulatino. En estas circunstancias, nadie ventiló ni cuestionó una forma de actuar interiorizada de la que todos se beneficiaban, y que también pasó sin más los controles de las administraciones públicas afines, que gratificaron a la organización durante años. La UGT está bajo sospecha y con ella un sindicalismo tan arcaico como ineficaz y contraproducente para los intereses de los trabajadores. El sindicalismo socialista tiene pendiente, además de una regeneración profunda de sus estructuras, la convergencia con sus iguales europeos de mayor prestigio y respetabilidad. La organización debe ser consciente del instante crítico que atraviesa y que se juega mucho más que su futuro si no es capaz de actuar como la gente espera, rendir las cuentas necesarias, refundarse y entrar al fin en el siglo XXI.