Política

Tolerancia cero con los radicales

La Razón
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Algunos, que son millones, dicen que el fútbol es el deporte más bello de todos los que practican los seres humanos –o por lo menos el que más seguidores arrasta y más dinero mueve–, pero es también cierto que es el que más violencia genera, dentro y fuera de los estadios. Violencia en estado puro: causar el mayor destrozo posible por el simple placer de hacerlo, enarbolar una bufanda o la más radical de las causas políticas, a izquierda y derecha. Puede haber muchas explicaciones que den respuesta a por qué un hombre de 43 años, padre de un hijo, viaja desde La Coruña a Madrid con el único afán de enfrentarse a palos contra los seguidores del club adversario, el Atlético de Madrid en este caso, pero nadie se pone de acuerdo sobre cómo poner remedio a estos actos. Este «hooligan» encontró la muerte ayer por la mañana sin que sepamos el motivo, la razón última por la que pudo ser golpeado salvajemente y arrojado al río Manzanares. Sabemos que el fallecido pertenecía a una facción de los hinchas más radicales del Deportivo, los Riazor Blues, con un largo historial de actos vandálicos, y que participó en unos enfrentamientos con miembros del Frente Atlético, que esperaban su llegada a primeras horas de la mañana, y que incluso habían concertado la reyerta, aunque este hecho no está confirmado. Los sucesos registrados ayer son habituales en los preliminares de los partidos de fútbol en todos los estadios de nuestro país sin que se cobren víctimas y, por supuesto, en campos de medio mundo. Pero esa tolerancia hacia una violencia instaurada como «normal» no puede hacernos esconder el problema. Podemos decir que estos grupos no tienen nada que ver con el fútbol, ni con la mayoría de los aficionados, cosa que es cierta, pero sería engañarnos: forman parte de este deporte y se han educado gritando el nombre de su club e insultando al equipo contrario. Por lo tanto, son estos clubes los primeros que deben combatir a estos grupos. La permisibilidad ha llegado al extremo de considerarlos meros «animadores» de la grada, cuando se trata de organizaciones violentas que difunden y practican los valores más incívicos e intolerantes. Costó que desaparecieran de los estadios banderas y símbolos nazis, así que también es posible que las entidades deportivas cierren la entrada a sus estadios a estos grupos. A este respecto, hay unas normas muy claras dictadas por el Consejo Superior de Deportes a través del Observatorio de la Violencia, el Racismo y la Intolerancia y, por lo tanto, deben cumplirse y aplicar sanciones a aquellas sociedades que no las acaten. Hoy se reúne la Comisión Antiviolencia y desearíamos que se tomasen medidas eficaces si realmente queremos que el suceso de ayer no caiga en el olvido como tantos otros.