Una indigna utilización partidista del Gobierno

La Razón
La RazónLa Razón

Pedro Sánchez podría haber anunciado la convocatoria de elecciones hace 259 días, tal y como fue elegido presidente del Gobierno tras salir vencedor de la moción de censura el 1 de junio pasado, como así se comprometió, «en el menor tiempo posible». Pero no era esa su intención: lo ha hecho agónicamente y poniendo al Consejo de Ministros al servicio electoral de su continuidad. Por si quedaban dudas de que su llegada a La Moncloa era el primer paso –imprescindible– para hacer un uso partidista de las instituciones del Estado y ayudarse de ese poder para concurrir a unos futuros comicios cuando creyese que le podían ser favorables, ayer nos ofreció un ejercicio claro, con muy pocos escrúpulos. La declaración institucional, que tuvo lugar con el único objetivo de anunciar la convocatoria de elecciones legislativas el próximo 28 de abril, fue, desde la primera a la última línea, un verdadero mitin de campaña, oficiado desde la tribuna del Consejo de Ministros, sin empacho alguno, sin ahorrarse ataques impropios del cargo que todavía desempeña y culpando a la oposición de su propio fracaso por no conseguir aprobar los Presupuestos. Ni una mención a sus socios independentistas.

Se avecinan cuatro meses intensos con una campaña sin descanso, tensa, que, después del 28 de abril, se prolongará hasta el 26 de mayo para concurrir a las municipales, autonómicas en algunas comunidades y europeas. Sánchez podría haber propuesto la disolución de las cámaras de manera inmediata para alejar estas dos convocatorias, pero su interés estaba en aprovechar el Consejo de Ministros para sacar adelante la exhumación de Franco –una munición de fragmentación social muy eficaz, aunque de alto coste– o la reforma de la Lomce, que no se podrá aplicar. Pero basta con la propaganda, y dada la urgencia, es la primera vez que una ley aprobada por el Ejecutivo no pasa por el Consejo de Estado.

Estos detalles le deben resultar menores porque la estrategia de Sánchez, pautada por su director de campaña –a la sazón, jefe de gabinete– es construir un marco mental en el que se delimiten dos bandos. Y con toda razón, porque si no se ve la política desde una trinchera era realmente difícil digerir que el PSOE llegase al Gobierno gracias a los votos de los que meses antes protagonizaron un golpe en toda regla contra la legalidad, ahora juzgados por graves delitos en el Tribunal Supremo. Es lógico que los partidos constitucionalistas que votaron en contra de este pacto, PP y Cs, hayan ejercido la oposición con contundencia porque se había sobrepasado una línea roja infranqueable hasta entonces. Es Sánchez quien ha sido desleal a los intereses nacionales; no la oposición, como ayer quiso hacernos ver. Ni siquiera alcanzó el Gobierno con un programa pactado y todavía hoy desconocemos en base a qué los independentistas le apoyaron. Las negociaciones abiertas con la Generalitat para «hablar de todo» –incluido el derecho de autodeterminación– nos dan alguna pista. «La derecha, con sus tres partidos, defiende un tipo de España en que no cabemos muchos», dijo ayer el presidente, con sumo cuidado para no ofender a los que con tanto ahínco buscaron acabar con la legalidad democrática, precisamente sus socios. No es extraño que en el PSOE se hayan levantado algunas voces. Ahora les toca hablar a sus votantes.

Es realmente complicado anunciar elecciones anticipadas y no dedicar ni una sola mención a los partidos independentistas que tiraron por la borda el pacto de la moción de censura al presentar sendas enmiendas a la totalidad a los Presupuestos. Es imposible si se ajusta a una política mínimamente racional y no se falta a la verdad. Sánchez lo hizo, sin consideración a la inteligencia de los españoles y a su propia honorabilidad. Muy al final de su intervención habló de «bloqueo a la tramitación de unos presupuestos sociales (...) como consecuencia de estos intereses partidistas». ¿Se refiere al bloqueo de los independentistas, que retiraron el apoyo a sus cuentas porque ponían como condición hablar de autodeterminación y a esas alturas el diálogo con los secesionistas estaba minando al PSOE? No, claro. Toda la declaración de Sánchez fue un ataque a la oposición, pero es tal su descaro que hasta esconde su intención de haber gobernando con los presupuestos del PP, también aprobados por Cs, los mismos que le puso encima de la mesa al PNV –especialmente por las ventajas para la comunidad vasca– para conseguir su apoyo. Si no lo ha hecho es porque cree que este es el momento más propicio a sus intereses para convocar elecciones. Por lo tanto, la campaña electoral ya ha comenzado y todo indica que el guión fue el expuesto ayer desde el Consejo de Ministros: ataque frontal al centroderecha bajo un lema clásico de la izquierda ortodoxa –¡que vuelve el fascismo!– ante la posibilidad de que se repita el pacto andaluz y ni un feo al independentismo, por si sus votos son necesarios para regresar a La Moncloa. Este último punto no lo quiso aclarar, todavía.