Opinión

Unánime homenaje a Suárez

La Razón
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La sociedad española rindió ayer un sentido y unánime homenaje a Adolfo Suárez, el artífice de la Transición política que permitió pasar a España de un régimen autoritario a una democracia plena, un tránsito complejo que ha dejado en la cultura política española un poso del que no se debería renunciar: la búsqueda de la concordia es la base de nuestro funcionamiento político. Es decir, la voluntad de entenderse entre adversarios políticos, situando por encima de los intereses espurios de partido el interés colectivo y nacional. Don Juan Carlos definió el legado político de Suárez, con quien estuvo al frente de esta operación política y con quien compartió los momentos más adversos, como una defensa de la «unidad y la solidaridad». Dos principios sobre los que construir un gran país donde caben todos y nadie sobra. La muerte de Adolfo Suárez ha servido para echar la vista atrás, revisar nuestro pasado inmediato y sentir orgullo del camino que nos condujo de una dictadura a una democracia. Y sentir orgullo de que incluso se puede salir de las situaciones más dramáticas cuando prima la unidad y se comparte el mismo proyecto de país. El homenaje tributado a Suárez no ha tenido fisuras que merezca tener en cuenta: sus adversarios más directos reconocen que siempre les tendió la mano para llegar a algún acuerdo –o que la victoria de sus posiciones no se entendiese como la derrota de las minorías–; y sus correligionarios y colaboradores, que no gastó su energía en la actividad partidista. En definitiva, se trataba de un político con visión de Estado, una cualidad que la ciudadanía aprecia y echa en falta, que mira por el futuro del país y no por los réditos políticos inmediatos. Derecha e izquierda –y, por supuesto, aquel centro que Suárez situó por primera vez en el alfabeto político español– compartieron ayer ese espíritu de concordia que quedó claramente representado por la presencia de los tres presidentes del Gobierno que le precedieron: Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Esta continuidad institucional –que añade ahora un nuevo engarce con Mariano Rajoy– es un estímulo para mantener un país cohesionado, fuerte y capaz de compartir un proyecto común por encima de las diferencias políticas. Ésta ha sido la herencia dejada por Suárez, y las miles de personas que quisieron darle su último adiós en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de los Diputados reclamaban: una política con altura de miras. Los representantes públicos deben tenerlo en cuenta. Mirarse en el espejo de Suárez es loable: mantener el diálogo y trazar puentes para la concordia, pero utilizar su muerte para defender principios que él rechazaba, ni es legítimo ni oportuno en estos momentos de duelo. Mal han estado los asesores de Artur Mas cuando tras la visita del presidente de la Generalitat de Cataluña a la capilla ardiente dijo que «a grandes retos, grandes soluciones; no pueden ser típicas ni clásicas». Olvida, sin embargo, que para Suárez primaba el sentido de la unidad y la solidaridad. Lo dijo en un célebre discurso cuando tras repasar los desperfectos de España, que era como una casa en ruinas que debía reformarse de arriba a abajo, pero que debía hacerse viviendo todos dentro, sin que nadie dejase la casa. Ésa fue la gran lección de Suárez. Miguel Roca, uno de los padres de la Constitución, tuvo que recordarle a Mas que no era el momento de «instrumentalizar» la figura de Suárez. Qué hubiera hecho el ex presidente en estos momentos, cuando una parte de España quiere dejar la casa, nos invita a un juego de ficción estéril. Lo importante es que Suárez ya tomó las grandes decisiones cuando, el 29 de septiembre de 1977, restauró la Generalitat, antes incluso que la aprobación de la Constitución. Se arriesgó y ganó y Cataluña contó con unas cotas de autogobierno que nunca en su historia había disfrutado... Pero ayer fue, ante todo, un día para homenajear a un presidente de España que se ha convertido ya en un referente público en un momento en el que crece el escepticismo sobre la utilidad de la política para resolver los verdaderos problemas de los ciudadanos. Hay quienes incluso hablan de que la de-saparición de Suárez es la señal de que el llamado «espíritu de la Transición» ha muerto. Aquél fue un periodo de tiempo, apenas ocho años, en los que España caminó y –no lo olvidemos– aprendió a vivir en democracia, a respetar al contrario y ser leales con las instituciones que nos habíamos otorgado. Aquéllos fueron años de construcción sobre un andamio inestable y –como dijo Suárez en el discurso citado– sin que nadie abandonase la casa. Así ha sido. Ahora nos toca vivir otros tiempos, también complejos y difíciles; tenemos la mejor herramienta, que es la democracia parlamentaria, y el ejemplo de Adolfo Suárez para seguir tendiendo la mano al diálogo.