Opinión

Vía populista a ninguna parte

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La historia del siglo XX contiene suficientes ejemplos de las consecuencias nefastas que acarrea intentar sustituir la legitimidad política que confieren las urnas por el movimiento de masas populares que, por muy numerosas que parezcan, nunca responden a la auténtica representación del cuerpo social. Entre otras razones, porque la participación en ese tipo de movilizaciones no responde a una única causa. Erraríamos si planteáramos que en Cataluña se está produciendo un proceso de sustitución de los mecanismos democráticos por los populismos, pero sí es cierto que desde las instancias institucionales se apoyan, cuando no se promueven descaradamente, las demostraciones de carácter independentista, como medida de presión, dentro y fuera de la propia comunidad. El que un Gobierno autonómico se avenga a paralizar el tráfico de dos vías nacionales, restringiendo el transporte de mercancías en toda la región y movilizando a las Fuerzas de Seguridad para facilitar una acción pública que no refleja el sentir y los intereses de todos los ciudadanos abunda en favor de quienes consideran que la Generalitat está perdiendo la perspectiva de las reglas del juego político. No sería, por otra parte, la primera vez que el líder de Convergencia equivoca el diagnóstico y se deja deslumbrar por una manifestación, extrayendo conclusiones que, luego, las urnas demuestran que eran equivocadas. Le ocurrió en la última convocatoria de elecciones anticipadas de 2012, que le costó la pérdida de doce escaños y, lo que es peor, le llevó a formalizar un pacto de gobierno con la izquierda extremista que, entre otras cuestiones, ha hecho imposible la aprobación de los Presupuestos, con el consiguiente perjuicio para una ciudadanía que sufre con especial intensidad la crisis económica. De ahí que, por espectaculares que puedan resultar las imágenes de miles de manifestantes obedientes a las consignas, convenga subrayar dos cosas: la primera, que los partidos convocantes de la «cadena» no tienen la mayoría parlamentaria al descolgarse Unió; y, segundo, que no son posibles otras vías de representación popular que las que marcan las normas de la democracia y las leyes consagradas en nuestra Constitución, que establecen con meridiana claridad que la soberanía de la Nación reside en la voluntad de todos los españoles libremente expresada a través de las urnas. Por ello, Artur Mas debe retirar su estéril proyecto de consulta ilegal y proponer, en diálogo leal con el Gobierno, aquellas medidas que sirvan para mejorar la situación económica, social e institucional de Cataluña. Mariano Rajoy nunca ha dejado de tender la mano para reconducir la situación, pero la condición necesaria es que el nacionalismo moderado vuelva a tomar las riendas de un liderazgo que ha perdido o entregado a manos del separatismo.