«Agreements» con Estados Unidos

Se cumple un año desde la llegada de Trump al despacho oval. Aunque sus partidarios norteamericanos se mantienen firmes en su apoyo, son fuertes las criticas que desde muy diversos lugares se están haciendo y periódicos de todo el mundo, incluyendo también los españoles, presentan su gobierno desde fórmulas enteramente negativas, lo cual viene a significar, aunque no se pretenda, una especie de giro contrario a la globalidad de la política de quienes desde hace prácticamente un siglo han llegado a situarse en la cabeza del orden mundial favoreciendo de este modo los movimientos que los extremistas del populismo pretenden sostener. No se trata de entrar en detalles ni menos de analizar aquellos errores que todos los gobiernos cometen, sino de destacar la importancia que para España tuvo y aún tiene ese acuerdo que significativamente fue calificado en 1953 como «agreements», destacando los buenos deseos de camaradería que deben llegar a imponerse si se buscan caminos para el entendimiento y la laboriosidad. Tratados que siguen vigentes y que sin los cuales no habría sido posible superar las deficiencias de una ruptura interior.

Al final de la guerra mundial eran muchos los motivos de recelo y repulsa hacia el régimen imperante en España que, aunque se declaraba ya como camino hacia el restablecimiento de la legitimidad de la Monarquía, acumulaba en su haber pruebas suficientes para que se le situase entre los partidarios de Alemania. Y, en medio de la duda que algunos políticos como Churchill compartían –el mundo debía a España muy singulares servicios–, Stalin consiguió imponer en Yalta un principio de condena que estaba orientado a reinstalar el sistema marxista. Y fue entonces cuando Harry S.Truman, llegado inesperadamente a la Presidencia, tomó la decisión: abrir sus puertas para salvaguardar la existencia y sacar de la ruina a aquellos pobres españoles. Curiosamente, Truman tenía más motivos que nadie para desconfiar de Franco. Gran Maestre de la Masonería, se encontraba con una situación en la que el Caudillo y sus inmediatos colaboradores se negaban a ceder ni un paso: la condena de la Sociedad que en España era Grande Oriente y la afirmación de la confesionalidad del Estado. Las palabras de Truman referidas a Franco –«I am not fond of he»– no pueden ser más precisas.

Y entonces intervino la Iglesia. El cardenal Spellmann, que figuraba entre las personas de más influencia, había viajado a Roma para discutir con Pío XII la situación. Al retorno y fingiendo una avería se detuvo en Madrid y almorzó en El Pardo. Cuando llegó a Washington formuló su consejo: hacer que las cosas cambien desde dentro y no prestar apoyo a los radicales del stalinismo porque eso sería perjudicial para todos. Fue así como pudo entonces ponerse en marcha aquel proceso de cambio que se inició declarando nulos los delitos políticos, no así los comunes, inherentes a la Guerra Civil. El decreto había sido firmado en 1950 y era una de las señales decisivas del cambio.

España había permanecido fuera del Plan Marshall, pero ahora los Estados Unidos acudieron directamente con ayudas económicas que permitieron a las empresas económicas invertir los términos. El primer regalo pues fue precisamente ese. Los otros países europeos, aunque dudasen al principio, también acabaron reconociendo la corrección del proyecto. El tiempo ha venido a demostrar las cosas, ya que hoy, y en calidad de miembro de la Unión Europea –ojalá no se cambie hacia el Brexit–, España es uno de los puentes de comunicación entre los dos continentes. No se trataba de establecer ninguna clase de alianza militar o política, aunque se pusieron bases a disposición del Pentágono que están demostrando entre nosotros su valía en la defensa de la paz internacional. Tampoco se iban a alterar otros aspectos fundamentales.

Uno de ellos sí entró en las demandas norteamericanas: la libertad religiosa, que desde luego no iba a afectar a las Logias, pero sí a todas las demás religiones. Esta fue la razón de que se retrasara ligeramente la firma de los convenios diplomáticos para disponer previamente la firma del Concordato de 1953 que ponía fin a los esquemas de la antigua Monarquía católica y ajustaba el modelo de tolerancia y ayuda por parte del Estado al que ya figuraba en la Constitución de los Estados Unidos preparando la renuncia a la confesionalidad que llegaría con el Concilio Vaticano II. El Concordato de 1953 ha sido sustituido por simples acuerdos que no mejoran las relaciones entre las dos autoridades temporal y espiritual, ya que dan primacía a la primera sobre la segunda.

De cualquier modo hay que reconocer que los «agreements» de 1953, que siguen contando con el apoyo indiscutible de Washington, han significado para nuestro país beneficios que no se reducen a los aspectos económicos, aunque no podemos tampoco negar su importancia, sino que llevan mucho más lejos en el entendimiento y la amistad. Algo que los políticos de nuestros días deben tener en cuenta. Trump tiene sobre la mesa problemas que resolver. No le juzguemos. Sobre todo no adoptemos una postura crítica. Al contrario, ha llegado la oportunidad, siguiendo una vez mas los pasos del Pontificado, de ofrecer colaboración. Migración y energía atómica son problemas que atañen a todos. Aquella España que un día ayudó a los Estados Unidos entonces nacientes y proporcionó las Leyes de Indias en que se inspira también parte de la Constitución norteamericana tiene ahora la oportunidad de devolver con obras y palabras el agradecimiento que debe a aquella gran potencia por haberla ayudado a salir de las trampas en que se enredara y a elevar las nociones de libertad económica y personal que se hacen bien presentes en aquel país de los grandes horizontes, donde además los nombres españoles siguen estando presentes. Guardo siempre el mejor recuerdo para las dos visitas que la generosidad norteamericana me permitió efectuar a aquellos horizontes de grandeza. Trump necesita sin duda ser ayudado, pero no estorbado.