Desmemoria histórica

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En el Ejército llamamos «antiguos» a los que acumulan más años que nosotros en el servicio. Es decir, tienen más experiencias, sin ser necesariamente superiores. En el caso de iguales en rango, esta antigüedad es considerada como grado, como bien sabe el lector. Todos contribuirán a formar nuestro carácter y nosotros a la vez iremos pasando nuestras experiencias y conocimientos a los que nos siguen, formando una robusta correa transmisora de experiencias y conocimientos, pero sobre todo de valores.

Yo debo mucho a mis antiguos. Un comandante –Miranda– me empujó desde la Academia de Toledo a llenar mis vacaciones con cursos en la Universidad de Ginebra. ¡Hablo de 1961! «Tenéis que abriros al mundo», repetiría insistentemente. ¡Vaya si nos abrimos! Un sargento, Truyol, me introduciría con dureza en el mundo del paracaidismo, recién salido de la Academia. Y unos buenos capitanes –Cirugeda, Sagaseta, Cassinello, Galera–, junto a unos magníficos tenientes antiguos –Esparza, Relloso, Cárdenas, Veloso– me enseñaron el «qué» de un oficio que unos irrepetibles suboficiales –Camacho, Secundino, Paredes, Villalonga– me orientaron a «cómo» ejecutarlo.

Ya con velocidad de crucero nuestra carrera nos proporciona encuentros, viajes, conocimientos, geografía, experiencias. Sabremos lo que son alegrías y también lo que son penas. Todo se acumulará en la mochila del adiós. Todo menos un ánimo, una voluntad de servicio, unos valores que no se borran con los años.

No se le borran al general del Ejército del Aire Martínez Eiroa que a sus noventa y tantos años sigue dándonos ejemplo. Escribe habitualmente en la revista «Tierra, Mar y Aire», órgano oficial de la Real Hermandad de Veteranos de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil. No es la primera vez que me apoyo en él, reconociendo su extraordinaria lucidez, valorando su ejemplo. Era mi antiguo, hombre de confianza y piloto del Rey Juan Carlos, cuando se organizó el día de las Fuerzas Armadas en La Coruña en los difíciles años de ETA, del Grapo y de otros grupos terroristas. Hoy, profundiza en un tema vivo y delicado cuando se pregunta: ¿la Ley de Memoria Histórica nos ha hecho más justos y benéficos?; ¿ha mejorado las relaciones entre españoles?; ¿las personas de diferentes tendencias políticas se sienten ahora más unidas?

El propio título ya es una contradicción, señala. Si es memoria, no es historia; puntualizando: «Para los que creemos en la existencia del alma, la memoria es una de sus potencias; es personal e intransferible, como la inteligencia y la voluntad. La memoria es un componente del ser. La persona que pierde la memoria deja de ser quien es. Al ser entonces la memoria algo personal, es, en consecuencia, subjetiva. No todos los testigos de un acontecimiento lo recuerdan de una misma manera. Y además, es selectiva: olvidamos lo que no queremos recordar. Esta desmemoria es aun mas subjetiva que la propia memoria».

Por el contrario, la Historia debe ser objetiva, impersonal, imparcial. Debe aportar pruebas, contrastar la veracidad de lo que se relata. No puede ser «el relato de unos hechos que nunca ocurrieron contados por uno que no estuvo allí», como diría un escéptico. Y para un historiador –insiste mi general– no puede haber buenos ni malos sino tan sólo acontecimientos y protagonistas.

«La actual ley parece que tiene por objeto ofender a determinados muertos; pero los muertos ya han cruzado la frontera y los agravios no les alcanzan. Se ofende a los vivos. ¿Es esto lo que se pretende?; ¿se promulgan leyes para abrir heridas cicatrizadas?; ¿se trata de fomentar el odio y el rencor para provocar otra confrontación?; ¿tan poca historia saben los que así legislan que ignoran que en una guerra todos pierden?».

Cuando se detiene en esta vorágine por cambiar nombres de calles, opina Eiroa que a los inquisidores les mueve un afán de revancha tardía, un «alancear moro muerto» que, según los clásicos, era ocupación poco digna de hijosdalgo. Por supuesto nada reñido con el legítimo interés de localizar los restos de los seres queridos.

«Los responsables de las guerras no son los que ponen fin a ellas, sino aquellos que siembran el odio y la cizaña entre los pueblos». Aquellos que quieren asaltar el cielo en lugar de ganárselo a pulso.

«¡Arderéis como en el 36!», amenazaba recientemente una política en activo: ¿otra vez los religiosos? ; ¿ los notarios y registradores?; ¿los empresarios?; ¿los que no piensan como ella?; ¿incita a la eliminación marxista de una clase por otra, para poder ocupar su lugar?

«Más bien parece que quiere repetir la Historia», añade preocupado el general.

Asumo la lección de Martínez Eiroa, como asumí el consejo de tantos antiguos. Al hacer mías sus reflexiones, sólo pretendo reforzar este lazo intelectual y humano que nos une a tantos españoles, los que hemos cicatrizado tantas heridas, sorprendidos e impotentes hoy, ante la avalancha de este oxímoron que nuestras Cortes Generales han venido en llamar Memoria Histórica.