El «tiempo largo» de EEUU

La Razón
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Un economista estadounidense, David A. Welles, proclamó en 1889 en una serie de escritos premonitorios, que el hombre había progresado de tal manera sobre las fuerzas de la naturaleza que había sido capaz de llevar a cabo «mucho más trabajo en un tiempo dado, y producir muchos más artículos por trabajador» y, simultáneamente, «reducir el tiempo imprescindible para asegurarse una cómoda vida en una medida mucho mayor de lo que había sido posible conseguir treinta años antes». En efecto, los años llamados de la «Reconstrucción», entre 1865 y 1914, dieron en Estados Unidos una de las mayores expansiones industriales de todas las épocas.

El historiador norteamericano Carl N. Degler lo considera respuesta a un desafío revolucionario posterior a la guerra de Secesión, que, a su vez, siguió a un fenómeno de inmigración europea: algo más de cinco millones de personas, el 55% de origen británico y el 30% de origen alemán, de los cuales el 60% se estableció en el Norte, en particular en Pennsylvania, Nueva York y Nueva Inglaterra, y el 40% en el Sur; fenómeno que dio origen a la puesta en valor de los territorios que ya componían los Estados Unidos, que al propio tiempo originaron la regionalización económica que para Degler presenta tres momentos: el Reino del algodón, cultivo principal en el Sur, con su desarrollo sólidamente unido a la revolución industrial inglesa; durante más de sesenta años la exportación llegó íntegra a Liverpool. En 1860, el 25% a Europa continental y el 15% a las regiones norteñas de Estados Unidos. El segundo momento son las ciudades y los hombres los que empujan la expansión industrial, pues entre 1860 y 1914 la población de los Estados Unidos se triplicó, el número de obreros aumentó casi doce veces y el capital invertido en industria se multiplicó por veintidós. En 1890 el valor de los productos industriales superó al de los agrícolas; con el cambio de siglo, Estados Unidos era una nación industrializada. La expansión industrial, las comunicaciones interiores –el prodigio de los ferrocarriles–, con muchos miles de kilómetros de vías férreas; a finales de siglo la red norteamericana era mayor que la de toda Europa, cerca de 320.000 kilómetros. La geografía fue elemento básico para el incremento de la producción.

Simultáneamente hay que tener muy en cuenta las acciones políticas gubernamentales. En 1870 los gastos federales estaban estabilizados en trescientos millones de dólares. La ayuda en préstamos para la expansión de la red de ferrocarriles, ayudas a empresas, préstamos para la compra de tierras, produjeron un expansión rápida. La cooperación de empresarios de la industria, tales como Rockefeller, Vanderbilt, Guggenheim, Carnegie, por citar los más destacados, produjo lo que Carl N. Degler ha denominado el «Leviatán industrial».

Un cuarto factor económico tuvo la formidable revolución industrial: el capitalismo industrial creó el movimiento obrero. La respuesta de los trabajadores formó parte importantísima. Se constituyeron sindicatos protegiendo el trabajo, que se consideró a la existencia como persona. Los tres factores de la producción –tierra, trabajo y capital– tuvieron una conjunción de relación perfectamente lógica, manteniendo el movimiento obrero como una fuerza conservadora: las organizaciones obreras nacionales más importantes. De este modo, la Reconstrucción se convirtió en un importante cambio de mentalidad cuyos elementos son: la inmigración europea, de la que surgió una población extraordinariamente activa; en segundo lugar, los ferrocarriles; y, por último, con un puesto preferente y destacado, la organización empresarial, con sus características formas, como los «pools» industriales, el «trust», combinación de capital y control absoluto por parte de sus administradores, o el «holding trust», constituido para asegurar el control, está dando origen al proceso de fusión de negocios rivales. Por último, la innovación originada por los avances tecnológicos y los inventos. Todo este panorama produjo un movimiento, que es el «progresismo», y es necesario comprender, pues el progreso constituye hoy un factor, que en el orden del Estado es un valor sobre el cual cabe el supuesto polémico entre pensamiento e ideología.