Kosovo: año diez

«La región lucha hoy por recuperar la confianza en sí misma, por canalizar entusiasmos de hace diez años que palíen la desilusión a la que la llevaron aquellos fanatismos»

También podríamos titular esta reflexión: «Del entusiasmo a la desilusión». Recordemos cómo se llegó a aquella declaración de independencia un 17 de febrero de 2008. Tito, el forjador de una Yugoslavia unida, murió en 1980. Comenzaba un peligroso período de pulsos entre la centralización de Belgrado y la «balcanización» o ruptura de la federación, que nos llevaría a una de las guerras más crueles vividas a finales del siglo XX en pleno corazón de Europa. Digo «nos llevaría» porque España se comprometió seriamente en el conflicto, con un alto coste en vidas y heridos. En 1989 Milosevic suprimía la autonomía que gozaba Kosovo desde tiempos de Tito. A partir de entonces se generó un movimiento separatista muy al estilo de los desencadenados en Croacia y en Bosnia. Semejantes componentes: limpiezas étnicas; lucha contra minorías serbias; fanatismos nacionalistas; señores de la guerra; tráfico de armas; incluso de órganos. Otra vez, concepción de un territorio en el que historia, etnia, religión y lengua deben ser exclusivos de unos.

La OTAN interviene en fuerza entre 1999 y 2003, «imponiendo la paz» de acuerdo con el Capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas. Curiosamente se apoya en la Resolución 1244 del propio Consejo de Seguridad que considera a Kosovo como parte de Serbia. Tras 78 días de bombardeos sobre Belgrado, Serbia retira sus fuerzas del territorio kosovar. Considerado inicialmente como «Protectorado administrado por Naciones Unidas», negocia un Estatuto por mediación del finlandés Ahtisaari. A comienzos de 2008 declara su independencia, con apoyo de parte de la comunidad internacional. Se había recurrido a priorizar la fragmentación de supuestos pequeños problemas como medida para intentar arreglar problemas globales más graves. No era la primera vez –véanse los mapas resultantes de las dos guerras mundiales– que los norteamericanos propiciaban esta solución. También fueron importantes entonces los apoyos de Alemania, Reino Unido y Francia. Ni Rusia ni China, miembros permanentes del Consejo de Seguridad, entraron en este reconocimiento, como tampoco lo hicieron cinco países de la Unión Europea, entre ellos, como se sabe, España. Hoy, 115 países de los 193 que forman las Naciones Unidas lo reconocen.

Pero también hoy, 4.000 efectivos de distintas organizaciones procedentes de 28 países contribuyen a crear un entorno de seguridad en una región del tamaño de la Comunidad de Madrid, habitado por dos millones de personas. De ellas un 90% constituyen una mayoría étnica albanesa, un 5% una minoría serbia afincada al norte de Mitrovica una ciudad –bien conocida por muchos soldados españoles– famosa en un tiempo por sus festivales veraniegos de rock, y por las minas de Trepça que daban trabajo a 20.000 personas. Hoy en la zona el desempleo ronda el 60% de su población. Al sur de Mitrovica, tan solo con el río Ibar por medio, vive una población mayoritariamente albanesa. Cúpulas ortodoxas en el paisaje norte; minaretes en el sur. El restante 5% lo constituyen bosniacos, romas, egipcios y goranis. No deben extrañarnos estas minorías. Kosovo región sin salida al mar, ha estado siempre en una estratégica zona de tránsito entre Europa y Asia. Fue campo de batalla entre los imperios Otomano y Austrohúngaro; luego entre Rusia e Inglaterra y durante la Guerra Fría entre la URSS y los Estados Unidos. ¡Bien han rentabilizado estos últimos su apoyo, presentes hoy en la importante base de Camp Bondsteel!. Porque una de las características de la historia kosovar es que siempre han buscado el apoyo de una gran potencia protectora, apoyo aún insuficiente para el ingreso en instituciones internacionales especialmente la Unión Europea que exige unos claros condicionantes: regularización de relaciones con Belgrado y respeto a Derechos Humanos. El pasado enero fue especialmente complejo tras el asesinato del líder serbokosovar Oliver Ivanovic. Se sumaba a la práctica suspensión del Tribunal especial para Crímenes de Guerra instituido en 2015 por decisión del propio Parlamento kosovar y en recientes indultos firmados por el presidente Hasin Thaci a miembros de la antigua UCK condenados por el asesinato de la familia Hajra. Ello ha provocado un duro comunicado (4 de enero 2018) de Estados Unidos, Alemania , Inglaterra, Italia y Francia, países cuyo aporte económico representa el 10% del PIB.

La región en la que un 15% de su población ha emigrado o ha pedido el cambio de nacionalidad, en que ningún gobierno ha conseguido agotar la legislatura en diez años, en que los índices de corrupción son altos, que restringe visados a sus ciudadanos –la Embajada USA en Pristina se lo ha negado al propio primer ministro Ramush Haradinaj– lucha hoy por recuperar la confianza en sí misma, por canalizar entusiasmos de hace diez años que palíen la desilusión a la que la llevaron aquellos fanatismos.