Historia

Leyendas perdidas

La Razón
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«Mientras unos no dejan de vanagloriarse, con justicia, de la historia de su Séptimo de Caballería, los que tenemos trescientas heroicidades similares, las dejamos en el olvido». (1)

No voy a descubrir cómo somos los españoles del siglo XXI. En un mismo día, unos vibramos a mediodía en Guadalajara junto a nuestro Rey y a nuestras Fuerzas Armadas y Guardia Civil, otros por la tarde silban a nuestro himno y a todo lo que representa.

¿Qué subyace en esta última actitud? Años de agria interpretación de nuestra Historia, décadas de retorcida manipulación de nuestra enseñanza, frustraciones políticas y sociales. Gritan con odio amparados en la libertad de expresión, lo que provoca que Carlos Iturgaiz, amparado en mismos parámetros, les dedique un apelativo poco cariñoso. Es que Iturgaiz –no deben saberlo los vociferantes– se jugó el pellejo durante los largos años de plomo etarras por defender precisamente todo lo que entraña y significa nuestro himno.

No obstante, hay muchos españoles que no se rinden a las modas de la sinrazón, del griterío antisistema o de las ácimas críticas a nuestra Historia. Vaya por delante mi reconocimiento a cuantos académicos, catedráticos, periodistas o escritores ahondan brillantemente con juicios críticos bien analizados –luces y sombras– en nuestras raíces. No cabrían aquí los nombres de los que recuerdo en este momento.

Pero considero importante que a este grupo se incorporen uniformados. Utilizando modos modernos de exponer la historia, aportan una visión más especializada en la que el relato, novelado o con rigor histórico, prioriza valores consustanciales a la milicia como el sacrificio, la disciplina, la responsabilidad, el valor.

El General (R) César Muro acaba de hacerlo relatando el heroico comportamiento en el Río de la Plata, de un regimiento de línea: el «Mallorca». Bajo el reinado de Carlos III abarca un periodo poco conocido como fue la colonización de aquellas tierras de ultramar entre 1764 y 1771, recién salidos de la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Hablamos de tiempos de tensas relaciones con Portugal debido a la expansión de la Colonia de Sacramento, aquel enclave luso expandido desde Brasil e incrustado en el Río de la Plata a consecuencia de la mala definición de los tratados de Tordesillas y de la Permuta.

Con la denominación de «Tercio Nuevo de la Armada del Mar Océano», el Regimiento dejaba Medina del Campo a finales de 1764 dirigiéndose por marcha ordinaria a La Coruña vía Benavente, atravesando tierras de El Bierzo y los pasos de la Sierra de Ancares. Embarcaría a primeros de 1765 en Ferrol para, tras escalas en Tenerife y Cabo Verde, pasar el Ecuador y recalar en Recife antes de llegar definitivamente a Montevideo. Narra la vida a bordo del «Diligente», un navío de la clase 74 cañones. ¡Cuánto cansancio, penurias, hambre, incertidumbre, temporales, entraña solo este párrafo! No son tan diferentes a día de hoy las fases de una misión de este tipo: alistamiento, concentración, preparación, proyección desde la metrópoli, misión sobre el terreno.

El General Muro nos introducirá a lo largo de su relato en la intensa labor de los jesuitas, a su labor colonizadora diferente a la del posterior colonialismo; habla de los violentos charrúas, de los guaraníes, bucaneros y bandeirantes; analiza aquella sociedad en la que convivían con las fuerzas que llegaban de la Península criollos, mestizos y mulatos; nos habla de las Malvinas, del comodoro inglés Byron y de la reconquista de Port Egmont llevada a cabo por el Capitán General de Buenos Aires, Madariaga.

Se detiene en un concepto muy interesante: un Regimiento no solo lo componían sus tropas, sino la «comunidad» que les seguía, que en ciertos casos, podía llegar a ser de 300 almas: familias, carreteros, barberos, zapateros, herradores, criados, lavanderas, planchadoras, incluyendo daifas y coimas. En esto hemos cambiado.

Aquel Regimiento Mallorca, luego Tercio Nuevo, fue rebautizado como «El Invencible» por su heroica resistencia en la batalla del Río Tedone en 1746, allá por Lombardía, bien lejos del Río de la Plata. ¡Era la vida de aquellas unidades! Fue disuelto en su último emplazamiento de Lorca en 1995 tras haber facilitado los primeros blindados que mandamos a Bosnia. En la bella ciudad levantina una activa Asociación custodia su recuerdo.

Le duele a César Muro que Clonard (Barcelona 1793-Madrid 1862), en su completa «Historia Orgánica de las Armas de Infantería y Caballería», solo dedique siete renglones a esta gesta, cuando dedica un centenar de páginas al regimiento Mallorca. Quizás aquí estribe su grandeza –dirá–, cuando lo asocia a un artículo del ideario paracaidista –en cuyas unidades ha servido largos años– que reza: «Nunca se sabrá de mis hazañas por mis propios labios». Todo en consonancia con lo que nos enseñó Calderón: «y así de modestia llenos/ a los más viejos verás/ tratando de ser lo más/ y de parecer lo menos/».

¡Mi enhorabuena, mi general, por este particular homenaje a unos soldados, cuyas gestas no pueden ser enterradas en la sima del olvido!

(1) «Infantes sin leyenda». Cesar Muro Benayas.Ed. Punto Didot 2017. (infantes.leyenda@gmail.com)