Macron y el servicio militar

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Lo prometió en su carrera de ascenso al poder, allá por abril del pasado año. No era el único. Tanto Marine Le Pen, como Malenchon –France Insumise– también lo incluían en sus programas. Solo François Fillon y el socialista Benoit Hamon no lo contemplaban. Dijo entonces el actual presidente de la República que «en el contexto en que vivimos, el de una sociedad fracturada, con amenazas terroristas, es importante encontrar una forma de cohesión nacional, un momento en que todo el mundo se integre y se reúna».

Lo ha ratificado recientemente en la base naval de Toulon a bordo del «Dixmude». Aprovechando el día de los tradicionales «voeux» (votos) de felicitación por el nuevo año, algo semejante a nuestra Pascua Militar, prometió un esfuerzo presupuestario «inédito e incomparable» para alcanzar el 2% del PIB allá por 2025. A la vez ratificó su promesa electoral: el servicio nacional universal. Adelantándose a posibles críticas ya aclaró que la financiación de este programa no saldría de las arcas de Defensa. Poco más: en campaña dijo que duraría un mes; se apunta su comienzo para 2019. El «qué» se mantiene; falta diseñar el «cómo». Según expertos del Ejército, el problema estriba en la forma de recomponer infraestructuras que se han abandonado y que ahora deberán albergar durante diferentes doce meses a un contingente que se estima de 700.000 hombres y mujeres por año. Importante también saber qué cuadros y organismos se hacen cargo de su alimentación, transporte, vida en común, ejercicios, clases teóricas etc. Es fácil disolver: basta un sencillo decreto ministerial. Pero rehacer, recomponer o crear de nuevo, es más que complejo. Deberíamos tomar nota.

El mensaje de Macron ante 1.500 militares en Toulon quiso salir al paso de las críticas que su antiguo jefe de Estado Mayor el General De Villiers lanzó en sede parlamentaria y que provocaron, tras una dura respuesta del presidente, su dimisión días después de las celebraciones del 14 de julio del pasado año. «El Ministerio de Defensa ha sido el mayor contribuyente a los programas de revisión general de políticas públicas (RGPP) instaurada en 2007». En el fondo De Villiers incidía sobre los continuos recortes que sufrió Defensa en los años de la crisis económica por ser una institución disciplinada. Habían aumentado las misiones –incluyendo las de seguridad interior tras los atentados terroristas– al mismo tiempo en que se recortaban presupuestos. No sé lo que opinará ahora el prestigioso General. En su libro «Servir» no se refiere a esta posible recuperación del servicio militar, aunque sí lanza un mensaje a los jóvenes, a «esta juventud desconcertada a la que el Ejército ofrece cultura de esfuerzo, disciplina, autoridad, ausencias prolongadas, perspectivas laborales modestas». «Solo ofrecemos una vida sin comodidades ni descansos». «Así y todo reclutamos al año 25.000 jóvenes; fidelizamos, sin recurrir a la demagogia, sin bajar el nivel de exigencia».

Las razones por las que no faltan voluntarios están muy ligadas a los valores que, aunque no lo parezca, se encuentran en muchos sectores de nuestra sociedad.

Por supuesto, escribo sobre Francia pensando en España. Nuestros vecinos se adelantaron en 1996 (Chirac) suprimiendo la conscripción, la del ciudadano en armas que habían extendido por medio mundo («aux armes citoyens!», canta su himno). Nosotros lo haríamos con un gobierno de Aznar cinco años después. Se había cedido a los nacionalistas catalanes en el Pacto del Majestic y constatado, tras discutibles campañas de ciertos medios –nuestros cineastas se ensañaron con el tema–, que con un millón de prórrogas por estudios y un impulso imparable de la insumisión, el modelo difícilmente podía mantenerse. Incapaces de diseñar alternativas, nuestros gobernantes optaron por la suspensión, que no supresión, de un artículo bien determinante –el 30– de nuestra Constitución, porque nuestra Carta Magna integra derechos y deberes en un magnífico equilibrio: «Los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España».

Por supuesto, como ha aclarado nuestro Ministerio de Defensa, no es momento de poner este tema sobre la mesa, aunque nostálgicos o familiares de otro tipo de actuales insumisos crean que su supresión significó un paso atrás en nuestra cohesión y convivencia. A los familiares de estos jóvenes de hoy sin ilusión, agrios de carácter e inconformistas con todo, suelo responderles que no pueden esperar que el Ejército en pocos meses reconduzca una conducta que viene enferma de su propia familia o de su educación escolar.

No creo que los franceses piensen que en el mes que promete Macron solucionarán los problemas de su juventud. Pero Francia sigue manteniendo unas jornadas de Defensa y Ciudadanía a la que deben asistir obligatoriamente chicos y chicas a los 18 años; Francia respeta su Fiesta Nacional y sus símbolos; Francia tiene un sistema educativo envidiable. ¡Ya quisiéramos!

No obstante, creo que algún día, objetivamente, buscando solo el bien general, abordaremos este tema en España.