¿Populismo versus terrorismo?

La Razón
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Europa, atenazada por el miedo, no sabe cómo combatir el terrorismo islamista que parece haber elegido Francia, tal vez por su proyección o por aquella Revolución, cuyos principios utópicos siguen sosteniendo el ideal de nuestra convivencia: libertad, igualdad y fraternidad. Contra ellos se alza el terror, a caballo entre religión, política y locura. Mohamed Laouaiej Bouhlel, el asesino de más de ochenta y cuatro personas en Niza, tal vez fuera un lobo solitario mal integrado en el llamado pensamiento del Daesh, ya que no se le conocían prácticas religiosas, ni siquiera las del Ramadán, ni se mostraba ajeno a tentaciones como la ingesta de alcohol o la frecuentación de discotecas. Ese lobo tal vez fuera solitario, extraño y hasta pequeño delincuente, pero nada permitía sospechar de su radicalización, que –mala excusa– la policía calificó de exprés. El gobierno socialista francés habrá cometido y seguirá cometiendo errores (el primero y tal vez más grave fue confundir terrorismo y guerra y, en consecuencia, bombardear territorios que se atribuía el Estado Islámico), pero el abucheo del que fue objeto Manuel Valls, primer ministro francés, en el homenaje a las víctimas del atentado de Niza fue otra muestra de populismo político. Era la hora y el lugar propicios para la Sra. Le Pen, pero convendría que los ciudadanos distinguieran entre manifestación política –a la que tienen derecho– y un populismo conformado por peregrinas ideas parafascistas que va más allá de lo que es el Continente (excluidas por voluntad propia las Islas Británicas que reemprenderán un camino que han elegido solitario). El atentado contra cinco viajeros, el pasado martes, de un adolescente afgano, aprendiz de panadero, en un tren de cercanías del sur de Alemania, con hacha y cuchillo, no hizo sino confirmar que el terrorismo no deja de ser el retorcido fruto de consignas que propagan las redes y que algunos descerebrados frecuentan.

Por el multimillonario, showman y emprendedor Donald Trump, cuando se propuso como posible presidente de los EE.UU., nadie hubiera apostado un centavo. Sin embargo, en su fulgurante ascenso a la nominación del Partido Republicano fue derrotando con exagerada facilidad al resto de sus contendientes, entre los que figuraban las grandes dinastías del partido, y alcanzó en la convención de Cleveland su designación con 1.725 delegados. Trump ha heredado el terreno abonado por aquel Tea Party y los mecanismos del más rancio populismo en el que brilla, como en otras formaciones políticas, la mentira electoral. En su programa, que es ya el del partido republicano, figura la idea peregrina de construir un gran muro que separe EE.UU. de México. Su xenofobia le ha sumado gran número de posibles votantes junto a su prometido aislacionismo, aunque el argumento más convincente parece ser el odio a la figura de Hillary Clinton, ejemplo de vicios personales y errores políticos, para quien se pide pena de cárcel. En estos momentos las encuestas muestran un empate técnico entre ambos candidatos. La no imposible llegada al poder de Trump supondría el mayor triunfo de lo que calificamos de forma ambigua, contradictoria y negativa como populismo (término que paradójicamente deriva de pueblo). Estos años en que sorteamos toda suerte de minas económicas, debilidades del liberalismo mal entendido o un capitalismo exageradamente rapaz, tienden a compararse con los que abrieron las compuertas de los totalitarismos en los ya no dorados años treinta. La esposa de Donald Trump, con la que lleva casado dieciocho años, nació en Eslovenia, en la extinta Yugoslavia. Su discurso, en las antípodas de la virulencia de los de su marido, en el primer día de la convención que acaba de finalizar, fue un escandaloso plagio del que pronunciara Michele Obama en la de 2008. Trump se presenta como el recambio a un desacreditado Washington y su objetivo es deshacer lo que logró Obama. Su vicepresidente sería Mike Ponce, otro de los radicales del partido, representante de un populismo que se pretende renovador.

Por si estos signos no resultaran suficientemente alarmantes conviene sumar en estos días la asonada militar en Turquía, que ofrece serios interrogantes por su origen y desarrollo, pero que le ha permitido al presidente Erdogan desatar un mar de represalias, como había hecho ya en la prensa, contra parte del ejército, fuerzas de seguridad, magistratura y enseñanza que ha alcanzado ya los 50.000 encausados. Con ello, logra presentarse como defensor de la Constitución, purgar cualquier signo de disidencia y oposición laica y transformar el régimen en presidencialista. Pero Turquía sigue siendo un aliado imprescindible para el mal llamado mundo libre. Desde sus fronteras actúa la aviación estadounidense sobre una zona conflictiva y la turca contra los kurdos. Su larga permanencia en la OTAN la convierte en inevitable y se respeta su islamismo moderado pro-occidental. Se ha convertido además en el refugio, delegado por la UE, de la emigración fruto de las guerras de Oriente Medio, calificada como país seguro. Tampoco faltan populismos derechistas en el seno mismo de la Unión. Con mentiras lograron el Brexit y de ellas se alimentan. Las expectativas electorales de países del Este, recién incorporados a la UE, Austria, Francia mismo y ciertos sectores de Alemania exhiben su xenofobia y dudan incluso de Angela Merkel. La crisis de valores del mundo occidental parece profunda y preocupante. No ha aparecido todavía la oportuna actitud renovadora que frene esta deriva, porque hay dramas históricos que, como los accidentes, pueden repetirse.