¿Qué es España?

La historia de España constituye un decisivo y fundamental tema de reflexión. Pero la función de pensarla es un ejercicio obligado e imprescindible para facilitar la comprensión, última «ratio» de los historiadores.

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Cuando el Catedrático de Metafísica de la Universidad Central José Ortega y Gasset publicó «Meditaciones del Quijote» lo dedicó a Ramiro de Maeztu «con un gesto fraternal». Era el año 1914. Maeztu había publicado en 1899, en el hondón psíquico que un sector de la intelectualidad española había promovido en torno al «98», su libro «Hacia otra España». Con posterioridad, exploró la «solución europeísta». Viajó por Francia, Alemania e Italia y advirtió cómo, en ninguna de ellas, encontraría España los remedios a los males que, supuestamente, la enfermaban; en el año 1919 lo puso de manifiesto en otro libro que tituló «La crisis del humanismo». Se creaba de este modo una polémica intelectual acerca de la europeidad de España; o si había en ella el defecto de formación europeísta.

Entre las fechas, pues, de las dos obras de Maeztu, Ortega y Gasset se sintió llamado a intervenir y publicó «Meditaciones del Quijote», donde plantea una profunda preocupación por España, que convierte el tema en perenne, no por haber surgido por una determinada circunstancia, sino por la sencilla razón de que el tema de la Patria constituye siempre, para todo bien nacido, motivo de profunda reflexión.

La historia de España constituye un decisivo y fundamental tema de reflexión. Pero la función de pensarla es un ejercicio obligado e imprescindible para facilitar la comprensión, última «ratio» de los historiadores. Ello, de modo particular, cuando la realidad ha quedado deformada, deprimida o desfigurada por ideologías militantes, polémicas dogmáticas o, acaso en el planteamiento de la existencia de problemas, frente a otros que los negaban. La historia, en efecto, es una, universal y patrimonio de la humanidad entera. Cada cultura, cada pueblo, cada nación con personalidad universal. Pero, con mucha razón, el gran historiador José María García Escudero reclamaba que fuesen historiadores quienes investigasen y escribiesen la Historia, de modo particular cuando alguien con fundamento, serenidad y preparación formula una pregunta que encierra una ponderación para todos cuantos se lo plantean. Pero sobre el mundo infinito de preocupación sustantiva y no simplemente adjetiva que la pregunta formulada plantea.

¿Qué es España? ¿Cuál es la respuesta de los historiadores? Ante todo que la historia no es pasado, ni lejanía, sino fundamento de la identidad de una nación que ha tenido un peso histórico decisivo en muchos momentos de la historia universal. Ello en virtud de una tensión entre «condición», «proceso» y «mentalidad». Asentada en un cuadrilátero de funciones de alto significado: territorio, herencia biológica, vínculos espirituales (moral religiosa, derecho, conciencia histórica de un destino común) y realizaciones, constituyendo seis estructuras: religión, política, economía, social, cultural y de pensamiento, constitutivas, cada una de ellas, de mentalidades. Ello constituye la tradición histórica, incardinada en la realidad.

En segundo término, la historia es una realidad que se configura en suma de valores, pugna entre el ser y el obrar; esfuerzo, amor y dolor, sentido de justicia, instancia sobrenatural, preocupaciones y alegrías, generando ineluctablemente una mentalidad –en cuanto reacción psíquica comunitaria– en la línea de continuidad tradicional. Por eso, entiendo y afirmo sobra la necesidad de orientar las investigaciones históricas en el plazo largo, porque a través de él se podrá alcanzar el significado de la continuidad y el destino histórico, no como mera posibilidad sino como efectividad de la experiencia. La continuidad del discurso histórico no significa uniformismo: el hombre ha hecho la historia corriendo el riesgo de la libertad.