Economía para septiembre: Merkel:«Made in Germany»

Los industriales ingleses de finales del siglo XIX veían con preocupación cómo los productos alemanes iban ganando clientes en las islas de su Graciosa Majestad. Los comerciantes británicos defendían mucho el liberalismo, pero de «boquilla» y, sobre todo, al sur del Canal de la Mancha. Consideraban que los artículos germanos eran de menor calidad que los suyos, así que reclamaron y consiguieron del primer ministro que los productos importados desde Alemania llevaran el sello «Made in Germany» para evitar que los consumidores los confundieran con los «nacionales». De esta forma, nació la «marca-nación». El efecto fue el contrario al perseguido, los británicos buscaban los productos «Made in Germany» al certificar su mejor calidad. Hoy nos invade el «Made in China», pero Alemania mantiene su forma. Es el país europeo con mayor superávit, mayor capacidad exportadora y, a diferencia de China, lo hace con sueldos considerablemente más elevados, con productos de media y alta tecnología, manteniendo un amplio estado de bienestar con intensos programas sociales y fuerte protagonismo sindical que ya quisieran para sí los trabajadores chinos. Es la gran diferencia entre vivir en una democracia o vivir en una dictadura comunista con mercado semi-capitalista. En China no se vota, salvo en el Comité Central del Partido Comunista, y allí impera la unanimidad, lo más alejado de la discrepancia democrática. En Alemania se vota el próximo 22 de septiembre y tiene derecho a ello toda la población germana mayor de edad, aunque el resto de Europa estará más que pendiente. Las encuestas dan un 48% de los votos a Angela Merkel, canciller y líder de la CDU, frente a un escaso 18% de Peer Steinbrük, candidato de los socialdemócratas. La expectación se reduce a si los socios de coalición de Merkel, los liberales, conseguirán el 5% de los votos preceptivos para poder entrar en el Bundestag. La mayoría de la población germana, incluso los que están en contra de Merkel, consideran adecuadas sus exigencias a los países del sur de Europa. Incluso, muchos creen que es demasiado blanda. Con Merkel, Alemania ha llegado donde ni siquiera su mentor Helmut Khol soñaba: a dirigir de facto la Unión Europea. El duopolio Berlín-París se ha diluido como un azucarillo en el «café au lait» del seguidismo galo. Al Reino Unido de Cameron no se le espera y sus bravatas de largarse no dan miedo, mientras que Italia y España bastante tienen con salvarse a sí mismas. Todo indica que nos queda Merkel para rato. A pesar de lo que deseaban los industriales británicos, el «Made in Germany» se impone.