La nueva sacralidad

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Lectio Divina del evangelio de este domingo XXII del tiempo ordinario

Nos dicen las estadísticas que después del confinamiento aumentaron las cifras de divorcios y rupturas familiares. Sin embargo, lo que no cuentan las estadísticas es otra cifra, mucho más esperanzadora y constructiva: lo positivo que ha sido para muchas personas y familias de fe haber estado todos casa con el desafío y la conquista de amar a Dios y amarse entre ellos con renovada intensidad. Este domingo Cristo nos habla sobre este tipo de relaciones sostenidas en la fe y el amor que nos hacen experimentar su presencia entre nosotros. Ahora que globalmente se habla de una “nueva normalidad”, el evangelio nos invita a descubrir más bien la nueva sacralidad con la que hemos de asumir nuestra vida como continua ofrenda a Dios y a los demás.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»”.

El evangelio de Mateo revela definitivamente lo que ya anunciaba el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia, que nos muestra la actuación de Dios desde la creación del universo hasta la liberación de la antigua esclavitud del pueblo elegido. A estos cinco libros, Mateo responde con cinco grandes discursos de Cristo, que es el nuevo y definitivo Moisés, pues él da en abundancia el verdadero maná, establece el amor como ley de vida para los suyos y sella la Eterna Alianza con su Cuerpo y su Sangre en la cruz. Así como el Levítico, tercer libro de la Biblia, presentaba los ritos y la moral del antiguo pueblo, este tercer discurso de Cristo del que hoy leemos una parte revela la nueva y definitiva santidad que han de vivir los suyos: dar y recibir un amor que hace presente al mismo Dios en medio de nosotros.

“Hemos podido rezar juntos cada día”; “nos dimos cuenta que teníamos que ser más pacientes unos con otros”; “varias veces tuve que pedir perdón a mis padres y mis hermanos porque mis defectos hacían daño a toda la familia”; “he podido conocer mejor a mis hijos”; “ahora considero mejor a mis padres”; “llamábamos para saber si algún conocido necesitaba alguna ayuda”; “¡Cuánta falta nos hacía volver a misa y a la Confesión!”… Estos son algunos testimonios de cómo muchos cristianos coherentes vivieron el confinamiento, que en vez de ser una experiencia insoportable, fue para muchos una gracia que les ha ayudado a crecer en su relación con Dios y entre los suyos.

El evangelio de hoy concluye con una frase de Cristo que responde al anhelo de todo buscador de una vida plena en Dios: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Vivir unidos en nombre de Jesús, es decir, en una misma fe y un mismo amor que consagran nuestras relaciones humanas, es la concreción de todas las promesas de la Biblia: “Pondré mi morada en medio de vosotros” (Levítico 26, 11); “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mateo 28, 20); “Dios morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el «Dios con ellos» será su Dios” (Apocalipsis 21, 3). Por eso necesitamos tanto vivir la caridad entre los nuestros y cada vez hacia más personas, que pasa por corregirnos y perdonarnos mutuamente y así ayudarnos a ser mejores. Esta es la piedra angular del templo sagrado que pueden ser nuestras casas, lugares de trabajo, esparcimiento y encuentro con los demás. Así crece la presencia de Dios en cada uno y se hace extensiva también hacia los demás. El amor va y vuelve, desencadenando una espiral de fuerza, luz y alegría cada vez mayores. De este modo se edifica la prometida morada de Dios que santifica todo lo nuestro ser y quehacer.

Además de la necesaria labor asistencial, nuestra situación actual pide a la Iglesia que haga descubrir a muchos la esperanza y la luz que pueden vivir desde su amor a Dios y en las relaciones de caridad interpersonal. Porque el amor se difunde por sí mismo, y allí donde todavía no está presente, es necesario que los cristianos lo pongamos, de tal modo que como respuesta saquemos más amor (san Juan de la Cruz). Esta es la nueva sacralidad que Cristo ha venido a establecer para toda la humanidad, y que no puede quedarse en los que ya la empezamos a gustar, sino que ha de hacerse cada vez más concreta y significativa en la medida en que la ofrezcamos con nuestro testimonio y anuncio explícito de la fe en Dios que ha querido quedarse entre nosotros. Él es la fuente de la reconciliación, el entendimiento y el sentido de eternidad que toda persona ansía.