Que crezca nuestro corazón

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Lectio Divina del evangelio de este domingo XXV del tiempo ordinario

“Dios es más grande que nuestro corazón” (1ª Juan 3, 20). Y lo es porque no se queda en sí mismo. Él sale de sí una y otra vez para extender su amor. Lo ha hecho en la creación, también en la venida de Cristo y el envío de su Espíritu Santo. Gusta en venir a nuestro encuentro, salir al paso de nuestro camino, donde muchas veces nos quedamos parados. Entonces nos invita a tomar parte en su obra, a continuar haciendo bella y fructífera su creación, sin mirar con mezquindad y recelo lo que encomienda a otros. Así se podría resumir el mensaje del Evangelio de hoy. La parábola de los trabajadores de la viña nos enseña lo singular del amor de Dios, como también la necesidad que tienen nuestros corazones de crecer a su medida.

"En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos esta parábola: el reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. 1Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. 1Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: 12Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno". Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos»." (Mateo 20, 1, 16)

Dios se ocupa de su creación y llama a cuantos sea posible a compartir esta obra que continúa. Si bien Él no necesitó del hombre para crear cuanto existe, sí ha querido invitarlo a tomar parte en su crecimiento. Nos llama para compartir su gozo y que recibamos el premio por su crecimiento. Está atento tanto a ese incremento de su obra como a la necesidad que tenemos todos de tomar parte en ello. Por eso sale una y otra vez a nuestro encuentro. No quiere que nadie se quede sin desarrollar las capacidades que cada uno puede aportar.

Ofrezco a Dios mi disposición a tomar parte en la obra de su creación, que continúa en el tiempo y en el espacio. Le presento mis talentos y capacidades; también mis pobrezas y aquello en lo que aún necesito crecer. Medito sobre el fragmento del mundo en que Él me ha puesto y que necesita de mí. Entonces le digo: “Aquí estoy, Señor, envíame”.

Nuestro corazón aún tiene que crecer. No puedo quedarme sacando cuentas de méritos y recompensas ni comparándome con los demás. La generosidad del dueño de la viña me invita a superar toda mezquindad, rivalidad y desconfianza. No importa si llevo más o menos tiempo que otros comprometido en el servicio a Dios y al prójimo. Lo importante es que he sido amado y llamado por Él, y por eso puedo compartir la alegría de que muchos más también lo sean y tomen parte de sus bendiciones.

La viña del Señor es inmensa. Contemplo este ancho mundo, cada ámbito del ser y el quehacer de las personas. Yo estoy puesto por Él aquí y ahora para dar lo mejor de mí con diligencia y generosidad, a la vez que es necesario que muchos más lo estén. Por eso le pido que siga llamando a otros, a todos. Miro delante de Dios a cada persona como un regalo y una oportunidad para descubrir nuevos matices de su obra.

Toma conciencia de tus propios talentos y dones, pero sobre todo considera que para hacerlos fructificar necesitas estar unido a Cristo. Recuerda otra de sus frases: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Juan 15, 6). Ciertamente el arranque de este nuevo curso es tu oportunidad para trazarte nuevos objetivos o fortalecer los que ya tenías, pero has de hacerlo desde tu unión con Dios. Vuelve a Cristo, que habita en ti, te ilumina, te purifica y te invita a ser miembro activo de su comunidad de fe. Si necesitas pedirle perdón por algo, no pongas más dilación. Disponte a comenzar de nuevo, pues él no discrimina a quien comienza antes o llega después; siempre estás a tiempo para hacer tu parte en la obra que él te está encomendando en este momento presente.