«¡Paz a todo el mundo aún tan dividido!»

Francisco pidió «espíritu de reconciliación» ante conflictos como el de Corea y Siria durante la bendición Urbi et Orbi de su primera Misa de Resurrección

El Papa Bergoglio en su primer mensaje pascual
El Papa Bergoglio en su primer mensaje pascual

Francisco pidió «espíritu de reconciliación» ante conflictos como el de Corea y Siria durante la bendición Urbi et Orbi de su primera Misa de Resurrección

El Papa Francisco realizó ayer su segunda bendición Urbi et Orbi en menos de tres semanas, después de la que hizo el 13 de marzo, el día en que fue elegido sucesor de Benedicto XVI. Desde el balcón central de la basílica de San Pedro y ante las 250.000 personas que participaron en la celebración del domingo de Pascua, el Pontífice pidió en su mensaje «paz para el mundo entero» e invitó a los fieles a que dejen que «la fuerza del amor de Dios» transforme sus vidas.

«Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo: ¡Feliz Pascua!», comenzó Francisco su mensaje, cuyo inicio recordó a las primeras palabras que dijo al mundo tras ser elegido Papa. Comentó que era para él una «gran alegría» hablar de la resurrección de Jesucristo, un anuncio que «quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, hay esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal». «Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia», dijo. En los 18 días que lleva en el solio pontificio, la misericordia ha sido precisamente uno de los aspectos que más ha tratado Francisco, pues la considera el puntal de la fe cristiana.

La resurrección de Jesús tiene implicaciones para todos los hombres: significa que «el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma». Ese amor es capaz de «transformar nuestras vidas» y de hacer florecer «esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón», dijo el Papa desde el balcón de las bendiciones de la basílica de San Pedro. Estaba flanqueado por el cardenal protodiánoco, el francés Jean-Louis Tauran, que fue el encargado de anunciar el «Habemus Papam» el pasado día 13, y por el cardenal italiano Angelo Comastri, arcipreste de la basílica vaticana.

Vestido nuevamente con simples paramentos blancos (sólo se puso la estola para el momento de la bendición Urbi et Orbi), explicó que con la resurrección, Jesús no volvió a su estadio anterior, a «la vida terrenal», sino que entró en la existencia «gloriosa de Dios» llevando «nuestra humanidad», lo que abrió las puertas a un «futuro de esperanza» para todos los hombres. Es esto precisamente lo que significa la Pascua: «El paso del hombre de la esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad». Esta tranformación se produce gracias a que «Dios es vida, sólo vida, y su gloria es el hombre vivo».

Todas las personas estamos llamadas a poner en práctica en nuestra vida cotidiana ese «poder de la resurrección» que permite pasar de la «esclavitud del mal a la libertad del bien». Hay que tener en cuenta esa fuerza especialmente en los «desiertos» por los que nos toca pasar durante nuestra vida. Es en esos momentos en que «falta el amor de Dios y del prójimo», cuando se piensa que el creador se ha olvidado de nosotros, cuando más presente hay que tener la resurrección, paradigma de cómo la misericordia de Dios «puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos».

Es esa capacidad de cambiar la muerte en vida lo que invita a los católicos a pedir a Dios que torne también el «odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz». Pasó a continuación Francisco a enunciar los lugares donde el mundo se desangra, implorando a Dios y a los hombres que actúen para que cesen las matanzas y los conflictos. Comenzó con el más antiguo e intrincado, el palestino-israelí, pidiendo que se encuentre el «camino de la concordia» para que puedan reanudarse «las negociaciones con determinación y disponibilidad, con el fin de poner fin a un conflicto que dura ya demasiado tiempo». Sin salir de Oriente Medio se ocupó luego de Iraq, suplicando el cese definitivo de «toda violencia», y por supuesto de la «amada» Siria, que sufre desde hace ya dos años una cruenta guerra civil. Pidió paz «para su población» y «ayuda y consuelo» para el gran número de refugiados. «¡Cuánta sangre derramada! Y ¿cuánto dolor se ha de causar todavía, antes de que se consiga encontrar una solución política a la crisis?», se preguntó el Papa.

Desafíos en África

Hablando luego de África, se detuvo en cuatro países: Malí, donde deseó que vuelva la «unidad y la estabilidad»; Nigeria, para que cesen «los atentados» y los secuestros, también de niños, por parte de grupos terroristas; y la zona oriental de la República Democrática del Congo y la República Centroafricana, donde «muchos se ven obligados a abandonar sus hogares y viven todavía con miedo». También se ocupó de Asia, en particular de la península coreana, amenazada por las proclamas bélicas del régimen comunista de Pyongyang. Deseó que «se superen las divergencias y madure un renovado espíritu de reconciliación».

Para terminar, denunció la «codicia de quienes buscan fáciles ganancias», el egoísmo de muchos, que «amenaza la vida humana y la familia», la violencia ligada al narcotráfico, la trata de personas –que presentó como «la esclavitud más extendida del siglo XXI»–, así como la injusta explotación de la naturaleza. «Paz a esta Tierra nuestra. Que Jesús Resucitado traiga consuelo a quienes son víctimas de calamidades naturales y nos haga custodios responsables de la creación», concluyó Francisco su alocución.

Flores desde Holanda

Antes, el Papa presidió la misa del domingo de Pascua en una plaza de San Pedro engalanada con flores regaladas por floristas holandeses. Tras la ceremonia, que no tuvo homilía, pues a continuación tuvo lugar el mensaje pascual desde el balcón de las bendiciones de San Pedro, Francisco recorrió la plaza para saludar a los peregrinos. Besó a un buen número de bebés y a enfermos y discapacitados mientras era aclamado por los fieles, que ondearon banderas de numerosos países, entre ellos España y Líbano. También había un buen número de argentinos, uno de los cuales regaló al Papa una camiseta de su equipo de fútbol favorito, el San Lorenzo de Almagro.

Antes de la ceremonia, Francisco escribió un texto en la red social Twitter en el que daba un anticipo de lo que luego iba a comentar en su mensaje pascual y retomando lo dicho en la vigilia del sábado por la noche: «Acoge a Jesús resucitado en tu vida. Aunque te hayas alejado, da un pequeño paso hacia Él: te está esperando con los brazos abiertos».