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Río de Janeiro

Una marea de fe

La Razón
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Las primeras palabras de Francisco ya están «tocando» a mucha gente. Y hablo de «gente» porque no sólo han empezado a remover las conciencias y los corazones de los jóvenes. Llegan a muchos más y eso se palpa en Río, por sus calles, los comercios, las iglesias... Todo está impregnado de una alegría especial, un entusiasmo que es la consecuencia del tesoro más valioso: Jesucristo.

Las palabras que pronunció el Papa a su llegada a Brasil el lunes por la noche resuenan aún fuertes y adquieren mayor valor después de la misa de apertura celebrada ayer en Copacabana y presidida por el arzobispo de Río de Janeiro.

Al término de la celebración, los peregrinos volvían a los lugares donde están alojados formando una verdadera marea humana, una marea de fe. Han llegado de todas partes del mundo y hacen realidad lo que dice el profeta Isaías: «Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas; vendrán y verán mi gloria». Así lo cantan algunos grupos acompañados con guitarras y otros instrumentos. Mientras, otros continúan comentando el caótico recibimiento al Papa Francisco por las calles de la ciudad, que desde ayer se están viendo empapadas también por la lluvia.

Parece que el mal tiempo durará algunos días, pero a los peregrinos no parece contrariarles. Muchos tienen aún vivo el recuerdo del impresionante aguacero que cayó en la Vigilia de la JMJ de Madrid en Cuatrovientos. «Después de eso...», comentan entre risas. Los pequeños contratiempos en la llegada de Francisco a Río se han convertido ya en meras anécdotas, porque lo que aquí acontece es mucho más grande, y hoy podremos verlo de nuevo en la llegada del Papa al Santuario de Nuestra Señora de Aparecida y poco más tarde, en su visita al Hospital San Francisco de Asís, donde se recuperan jóvenes adictos a las drogas.