“Espérame allá, cariño, para cuando yo vaya”

La mujer del primer enfermero muerto por Covid en Valencia recuerda la lucha de su marido, que aguantó 35 días en la UCI: “Me decía que al final íbamos a caer todos”

Inma Gutiérrez será siempre la «orgullosa mujer» de José Cuitavi Monzo. No se define como su viuda, no tiene intención de hacerlo nunca y ni falta que le hace. Acaba de perder al amor de su vida, a su compañero durante 40 años, y aun así se pone al teléfono para contarnos cómo era este enfermero que iba para médico si no hubiera sido por la falta de posibles, el primero en morir a causa del Covid-19 en Valencia. En realidad, el pasado 9 de octubre quedaron en suspenso muchas historias de amor. La que mantuvo José con su profesión, con sus compañeros, con su hijo y con su nieta Aria, de la que estaba profundamente enamorado. Y su idilio con la vida, que en el caso de este hombre de bien, trabajador y «disfrutón», duró 60 años.

Inma está convencida de que el contagio se produjo en el Hospital de Llíria, donde José trabajaba en el servicio de Urgencias junto a otras seis enfermeras, porque «nosotros no íbamos a ningún sitio». Era un tema que hablaban en casa, él le decía que era imposible saber «si el que entra lo trae o no» y que «al final, vamos a caer todos». El riesgo siempre estaba ahí y lo asumía como parte de su labor, pero su mujer se queja de que no contaba con la protección suficiente, que tanto él como el resto de sanitarios estaban a merced de la suerte. A pesar de la falta de medios, Inma siente una profunda gratitud por el trato que dieron a su marido en el centro durante los 35 días que permaneció en la UCI: «No voy a olvidar nunca cómo se portaron con él. Hicieron lo imposible por salvarle la vida hasta el final. El virus le cogió tan fuerte que no hubo manera».

La pareja se puso enferma casi al mismo tiempo. Después de meses de aguantar en primera línea los estragos de la fase aguda del coronavirus, a principios de septiembre José empezó a toser y notó algo de fiebre. No hubo vuelta atrás. Después de acudir al ambulatorio y dar positivo en la PCR, una ambulancia se lo llevó al hospital en el que trabajaba desde noviembre y no volvió a salir. Al día siguiente, tuvo que ser intubado y trasladado a la UCI, pero aún tuvo tiempo de llamarla por teléfono y decírselo él mismo «porque sabía que me iba a poner a llorar». Fueron días duros en casa guardando su propia cuarentena y esperando que sonara el móvil para que le dieran el parte diario.

«A los quince días me dieron el alta y fui corriendo a verlo. Pude ir todos los días hasta que falleció», recuerda Inma. El fatídico 9 de octubre acudió con su hijo a despedirse porque «nos dijeron que ya estaba muy malito». Entraron los dos en la habitación con los trajes EPI y le hablaron al oído, le tocaron y su esposa pudo susurrarle: «Espérame, cariño, cuando vaya para allá». El hospital al completo quedó consternado y el personal rompió a aplaudir, «no había forma de que pararan».

La muerte nunca viene bien, pero este matrimonio se encontraba en su mejor momento. Él se jubilaría en unos años y podría dedicarse a viajar, a la familia, a pintar y cuidar del jardín. «Nos queríamos con locura. Nos mirábamos y no hacía falta más. Él me decía que me quería y yo le respondía ''yo más'', a lo que él contestaba ''lo sé''», cuenta entre risas. «Es que era un trasto, por eso lo echo tanto de menos, íbamos a todas partes juntos. Él pensaba que debíamos ser un poco marcianos porque ya no existen parejas así».

Dice Inma que el tanatorio se caía de gente el día de la despedida. Fueron muchos los compañeros que se acercaron a abrazarla, a contar anécdotas, algunas divertidas y otras emocionantes. Como aquel día que salvó la vida de un bebé que se ahogaba en el centro de Salud de Gil y Morte mientras el personal lo miraba paralizado. O que los pacientes pedían que fuera él a los domicilios por la maña que se daba con las agujas. Las historias sobre su marido la acompañan «ahora que me ha dejado tan solita». Está abrumada por la cantidad de personas que la han llamado, por el apoyo incondicional de sus primos, Teresa y José, y por tanto cariño. No le extraña porque «se llevaba bien con todo el mundo, nadie te dirá una palabra contra él». Y termina recordando cómo lo pasaban juntos y cómo él se regodeaba: «Nena, todavía nos reímos, ¿eh?».