El clan de los González Ibarguren contra la Covid

Una familia de sanitarios compuesta por dos enfermeras, tres médicos y un odontólogo afrontó unida la batalla del coronavirus en Madrid

Las sobremesas en el hogar de los González Ibarguren fueron monotemáticas durante meses. En realidad, en eso no se diferenciaron mucho de cualquier domicilio español, todos hablábamos de lo único. La salvedad es que este clan familiar se reunía en torno a la mesa para intercambiar historias propias de su batalla contra la Covid. Experiencias que acababan de vivir hacía unas horas en primera persona.

Llegó un momento en que las conversaciones parecían una competición, se quitaban la palabra unos a otros para contar lo que les había pasado o cómo lo harían ellos o cuál era el principal error de la estrategia médica. Conversaciones de altura entre profesionales de la Sanidad, que es lo que son todos en esta familia que peleó en primera línea y ahí continúa, en pie de guerra contra la Covid.

Sentados esta semana en torno a una mesa baja del porche de su casa de Madrid, el clan al completo repasó para este periódico cómo habían vivido la lucha contra una pandemia que ellos libraron en tribu. No se quitan la palabra, pero todos hablan con pasión y mucha vocación del reto profesional que les ha supuesto. Y de cómo se servían de apoyo unos a otros.

De los seis solo cayó enferma María del Mar, que trabaja de enfermera en el servicio de Urgencias del Hospital Fundación Jiménez Díaz. La hija mediana tuvo que pasarse dos semanas encerrada en su habitación guardando la cuarentena a principios de abril, en lo más oscuro de la pandemia. Dice que debido a un falso negativo estuvo una semana «soltando el bicho» tanto en casa como en el hospital, aunque nadie más resultó infectado. Como «solo iba de casa al trabajo en coche», imagina que lo cogió en el hospital.

«Un día estaba perfecta y, de pronto, por la tarde me empezó una cefalea fuerte y por la noche dolor por todo el cuerpo y escalofríos», recuerda. Su padre, nefrólogo también en la Jiménez Díaz, apunta con orgullo que «ella estuvo en primerísima línea, donde llegaban los que peor estaban». Emilio no sabe por qué no acabaron todos enfermos, «hay personas súper contagiadoras y otras que no lo son, depende de cada uno. En mi servicio la mayoría cogió la enfermedad; en cambio, yo no».

Cuando iban terminando el turno y se reunían en casa ya sin la doble mascarilla, iban armando el puzle de lo que estaba ocurriendo, cada uno con su versión. «Todos veíamos el problema desde nuestro punto de vista, pero nos apoyábamos bastante. Intentar transmitirlo a los demás era muy difícil, en ocasiones parecía que estábamos compitiendo», recuerda el cabeza de familia.

La perspectiva de su mujer, María Isabel, era bien distinta: es jefa de enfermeras del centro de Salud Silvano, a pocos metros del Palacio de Hielo, cuya pista de patinaje acabó convertida en improvisada morgue. «Mi hija pequeña nos decía que tuviéramos cuidado, que quizá nos estábamos relajando. Cuando María del Mar cogió la Covid me asusté más. Cada día llegábamos a casa y nos contábamos lo que habíamos visto. Además, todo cambiaba constantemente y teníamos todas las versiones: el hospital, Urgencias, Atención Primaria y una clínica», explica.

La versión de la clínica corría a cargo del hermano mayor, Emilio. A caballo entre Madrid y Valladolid, la pandemia le puso al frente, en solitario, de las emergencias odontológicas de un centro de Tres Cantos. «La mayoría de mis compañeros dejó de trabajar. Íbamos a ser solo dos, pero otra se quedó embarazada. Me encargué sobre todo de dientes partidos, extracciones de urgencia, bruxismo, contracturas... Todo fruto del estrés que se estaba viviendo. Nunca había visto nada igual», asegura. Con los laboratorios cerrados, las férulas de descarga quedaron para más adelante y se tuvieron que apañar con ibuprofeno, calorcito y un poco de masaje para relajar la zona.

Un «orgullo»

Cuando se les pregunta si pasaron miedo en algún momento, todos sacan pecho y asumen que la vocación de servicio está por encima de las emociones. «Nuestra profesión es vocacional, es lo que hemos elegido y nos ha tocado esta situación. De hecho, es un orgullo haber podido estar ahí pese a todo, pese a los pacientes, los amigos y familiares que se han ido», afirma la madre. Su marido también descarta que tuvieran un miedo desproporcionado o que el hecho de que sus hijos estuvieran tan expuestos supusiera un problema: «Yo tengo ocho residentes de la edad de mis hijos, nos dedicamos a esto y había que atajarlo. Es nuestro trabajo».

Pese al apoyo que se profesaban, el hecho de no poder desconectar «ni cuando llegabas a casa» se le hizo cuesta arriba a la enfermera de Urgencias. Su padre vuelve a insistir en que María del Mar es la que se llevó la peor parte: «Es la que más ha sufrido porque tenía pánico de traer la enfermedad a casa y que acabáramos muriendo. Recuerdo un día en concreto que llegó llorando porque había dejado a diez pacientes en la UCI, todos ellos muy graves. Nos veía reflejados a sus padres en la edad de los enfermos y en cómo se ponían de malos en solo un par de horas».

María del Mar recuerda aquello «como una guerra, era una locura. Era complicadísimo priorizar por el número de pacientes que llegaban y cómo venían. No teníamos controlada la situación, no había un patrón lógico». Fueron meses de infarto en los que también hubo momentos para relajarse, incluso para aprender a jugar al mus, ver películas en familia y comer mucho y bien. Una tarea en la que todos participaban según la agenda de cada cual. También salían a aplaudir juntos, en bloque, a las ocho de la tarde y a recibir el reconocimiento de los vecinos del barrio.

La pequeña de los González Ibarguren, Isabel, fue la única que permaneció «de guardia» en casa todo el confinamiento. Recién licenciada en Medicina, la crisis sanitaria le pilló preparando el examen MIR para el próximo mes de marzo. Vivió el encierro domiciliario con frustración por no poder echar una mano mientras veía que todos entraban y salían a trabajar:

«Tantos años dedicada a estudiar la carrera y no podía ayudar, ellos al menos salían un poco y yo me quedaba aquí escuchando en las noticias lo que estaban viviendo. Estaba segura de que al final nos iba a tocar y acabaríamos todos contagiados». Aunque se ofreció como voluntaria para colaborar en diversos centros, al final la oportunidad no cuajó y tendrá que esperar a sacar plaza para empezar a ejercer. Si se le da bien la prueba, le gustaría convertirse en ginecóloga.

Pilar Ibarrola, esposa de Emilio y médico de aparato digestivo también en la Jiménez Díaz, también se quedó fuera esta vez aunque por otros motivos. «Como estaba embarazada me tuve que quedar en casa desde que las cosas se pusieron mal. Fue una sensación muy rara el no poder participar porque sabía que mis compañeros no daban abasto, pero no podía hacer nada por ellos».

Eso sí, Pilar, igual que el resto de los González Ibarguren, pasaba «consulta» en casa. Familiares, amigos y conocidos recurrían a este clan de sanitarios para consultar dudas de todo tipo a través del teléfono, una práctica a la que están acostumbrados pero que en la pandemia se disparó.

Aún es pronto para saber si la pequeña Inés, que duerme plácidamente en una esquina del salón, seguirá el patrón y se dedicará a una profesión que estos tres hermanos vivieron muy de cerca y desde muy pequeños. Cuando no había otro remedio y surgía una urgencia, se los llevaban al hospital o iban a visitar a su madre al Niño Jesús en el que trabajaba por aquel entonces. Aunque los padres tienen algún pariente en la Medicina, no puede decirse que vengan de una larga tradición hipocrática.

Emilio, el odontólogo, apunta que «no es que nuestros padres nos inculcaran la profesión, es que les hemos visto siempre vivirla con tanta pasión que eso nos ha calado». Todos están de acuerdo en que, igual que en el carácter o los gustos, los progenitores te influyen en la carrera si ves «su enorme satisfacción y la felicidad que les produce».

Los González Ibarguren aseguran sentirse ahora «más preparados» para las olas de la pandemia que aún queden por delante. Son conscientes de que el peligro sigue al acecho y lo acaban de vivir en carne propia; el pasado 29 de octubre María Isabel perdió a su padre, de 94 años, que se habría contagiado de coronavirus a través de su otra hija, que también trabaja de auxiliar en una clínica de Valladolid. Esta familia sabe que la batalla aún no ha terminado.