Boxeo para ejecutivos: Más golpes da la oficina

Los púgiles también llevan corbata. El boxeo abre la puerta a ejecutivos para que vivan la experiencia, por una noche, de subir a un ring.

La vida no es justa. ¿Por qué lo va a ser el deporte? La voluntad es el empeño que pone el hombre por asegurarse una meta y evitar los reversos que la suerte interpone en el camino. Pero el destino siempre resulta imprevisible y el esfuerzo, al final, sólo es una cuestión de cálculo matemático, una manera de asegurarse probabilidades en un mundo incierto, donde el éxito jamás está garantizado. José Manuel González soñaba con emular a sus ídolos del boxeo y, por una noche, subir a un cuadrilátero, un lugar donde el aire tiene menos oxígeno y los músculos más flexibles parecen agarrotarse. Quería disputar un combate real, con los focos iluminando la esgrima de los puños y el público jaleando alrededor, gritándole que levante los guantes, que insista con las combinaciones, que no deje de mover las piernas, que los pies nunca descansen en el mismo sitio. Por una noche, aspiraba a dejar atrás el guanteo de los gimnasios y desplazarse por la lona del ring como un profesional: tanteando al adversario, esquivando los golpes, buscando la oportunidad, el hueco para colocar una mano mágica.

Por un momento, había apartado su trabajo, director creativo en una agencia de comunicación, y se había concentrado en entrenar. «Por supuesto, he disputado asaltos con los colegas del gym», reconocía él mismo con orgullo. Pero necesitaba dar un paso más. Los miedos son una mordaza incómoda. Impiden cumplir con demasiados deseos y José Manuel González necesitaba vencerlos en esta ocasión. El «White Collar Boxing» le ofreció la oportunidad para hacerlo, para dejar atrás los demonios que nublan nuestra conciencia. «Lo peor son los nervios. Sientes un inmenso respeto por tu rival, pero si, al final te decides a aceptar este reto, es para disfrutar con los que haces. Vas a practicar lo que has aprendido, no piensas que te van a romper la cara. Aquí, además, no vamos a eso, a hacernos daño. La gente tiene que saber que es un deporte de caballeros, y nosotros venimos para divertirnos», comentaba con satisfacción. José Manuel no titubeó al apuntarse a esta modalidad de boxeo extendida en Estados Unidos, donde nació en la década de los ochenta, y que ahora goza de similar fortuna en Inglaterra y Alemania. La empresa Youboxing la ha traído a España con el propósito de devolver su esplendor al deporte de las doce cuerdas y recuperar el prestigio que tuvo en el pasado (este país sobresalió en ciclismo, fútbol y boxeo, las canteras de sus principales deportistas, a las que se ha sumado desde hace tiempo el tenis).

Una comunidad de amigos

Fernando Anaya está en la organización. Pasó por esta experiencia: subir al ring como un aficionado. Pero no lo hizo en nuestro país, donde aún no existía, sino en Londres. «Hay una selección de las personas que participarán. No entrará cualquiera. Y queremos que, al terminar la pelea, esta gente siga en contacto, que se generen amistades. Es como una comunidad en la que estás dentro. Aquí no sólo compartes una experiencia. El objetivo es que también puedes entablar negocios con estas personas que forman parte de tu mismo hábitat», comentaba inquieto, apresurado por las urgencias de los últimos detalles.

El «White Collar Boxing» está destinado a ejecutivos, empresarios, a aficionados que, por diferentes motivos, no tienen ya las condiciones físicas para pelear profesionalmente, pero que desean hacerlo. El Hipódromo de la Zarzuela de Madrid cedió el martes su espacio para celebrar esta primera velada, que se arropó con una serie de combates olímpicos y profesionales, entre los que destacó Rudy Encarnación, Campeón de la Unión Europea en la categoría de Peso Pluma, que recibió el cinturón que le reconocía como nuevo rey de su disciplina. Los dos «empresarios» escogidos para este «match» inaugural fueron entrenados por el boxeador Javier Castillejo, campeón de Europa, campeón del mundo, que explica el desafío que ha supuesto este cometido: «Los púgiles que se dedican a esto realizan entrenamientos más duros, técnicamente deben estar mejor preparados. Las personas que participan en "White Collar Boxing"no son boxeadores. Se entregan y tienen la ilusión de encontrarse en un cuadrilátero, quitarse los miedos que supone eso, ese estrés. Yo, sobre todo, me he centrado, en la parte más técnica, en mejorar las piernas, porque iban mal de ellas y, también, que perfeccionaran algunos golpes».

Jaime Herreros, que trabaja en una agencia de publicidad internacional, compartía con José Manuel González, su rival por esta noche, el anhelo de vivir una velada, sudar la adrenalina del boxeo, escuchar el vibrato que deja ese gancho esquivado, el timbre de ese croché que no llega a ningún lado, que se pierde como un fantasma en el limbo del vacío. Quería practicar lo que ha ensayado mil veces delante de los sacos, enfrente de los compañeros que han hecho de «sparring». El talento, en el fondo, no es más que la perfección de una práctica, el dominio de una técnica, la repetición de un estilo. «Han sido duras estas semanas, pero han estado bien. Quería conocer qué es estar ahí y ayudar a dar a conocer el boxeo». La sombra amarillenta de un golpe que se cura da caché a su mirada. «Todo este tiempo he estado a tope, he conseguido mirar a este deporte con un nuevo enfoque, me han enseñado a moverme más, a salir por la diagonal, me he dado cuenta de muchos errores».

Un final abrupto

José Manuel González y Jaime Herreros cruzaron sus guantes en una velada el pasado martes. Durante diez segundos, quizá veinte con un reloj generoso, fueron los reyes. Durante ese tiempo, las luces siluetearon sus sombras y tuvieron la atención del público. Hasta que José Manuel González cayó sobre la lona. No había recibido ningún directo. Su rodilla, solamente, había cedido. Había alcanzado el límite. ¿Un mal paso, un mal giro? Poco importa. El combate había terminado. El destino había aparecido y no le importaba llevarse las emociones de estos dos púgiles, estos dos aficionados que lo habían dado todo durante semanas. El destino, como la economía, es frío y carece de sentimientos. Pero la desgracia de unos es la fortuna de otros. Entre las filas, viendo cómo los médicos se llevan a este campeón, aguardaba Marcelo Llanes, un argentino que trabaja en una empresa de formación. El azar le había reservado el privilegio de ser él quien cumpla el primer combate «White Collar» en España. «Aún tengo que adelgazar cinco kilos», comentaba mientras observaba otra pelea. «Pero estoy motivado. Está bien que sea yo el que vaya allá». Marcelo será uno de los dos boxeadores que cumplirán con ese primer combate el próximo martes. Si el destino no interviene de nuevo.