Cazar al lobo

Su hijo está en peligro, aunque no vaya a misa. Sí, porque uno de cada cinco españoles ha sufrido abusos sexuales durante su infancia y la mayoría se producen en su entorno más cercano, principalmente la familia, y no tanto en las sacristías, como cabría pensar ante los recientes escándalos en el seno de la Iglesia. Sin embargo, el tabú que gira en torno a esta lacra hace que los depredadores campen a sus anchas. Ignorado, como si no ocurriera a nuestro lado, como si fuera de otra época o de latitudes lejanas.

Como si solo se cebara con aquellos con papeletas de exclusión social. Nada más lejos de la realidad. El pederasta sabe que la infancia de por sí goza de la vulnerabilidad que ellos aprovechan. Y perpetúan como una losa aún cuando cumplen la mayoría de edad. Porque a las víctimas les cuesta reconocerse como tales: por el estigma que conlleva, por el miedo a rebelarse contra la autoridad, por el sentimiento de culpa, por el temor a no ser creídos.

Este muro es de tal magnitud que no pocos niños abusados han callado de por vida. Y otros lo han hecho demasiado tarde, al menos en lo que a la justicia se refiere. De ahí que la iniciativa de ampliar la prescripción de estos delitos sea un alivio para quienes son capaces de superar el calvario y alzar su voz contra estos monstruos. Es cierto que no bastará con medidas penales para frenarles. La prevención y la creación de ambientes seguros se revelan como otras herramienta clave.

Pero, sobre todo, estar atentos a los pequeños. A sus silencios. A sus cambios de humor. A sus reacciones. Solo desde el acompañamiento a los más vulnerables es posible salvarles de las garras de unos lobos que han sido capaces de ganarse su confianza a golpe de un abuso de conciencia y de autoridad que siempre es la antesala del abuso sexual.