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Rosetta muere para entender la vida

El estudio del cometa 67P podría arrojar luz sobre los «ladrillos orgánicos» que separan el universo inerte del habitable.

  • Imágen de Rosetta
    Imágen de Rosetta / Atlas
Jorge Alcalde. 

Tiempo de lectura 4 min.

30 de septiembre de 2016. 22:34h

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Jorge Alcalde.  30/9/2016

Con puntualidad cósmica, a las 12:40 minutos de ayer, hora de la Península ibérica, Rosetta se despidió del mundo de las máquinas mortales y se entregó en brazos de los inmortales dioses egipcios. No en vano toda la misión que ayer tocó a su fin está impregnada de mitología faraónica. De vida y de muerte. El propio nombre de Rosetta, la piedra que ayudó a descifrar el lenguaje de jeroglíficos, las siglas misteriosas de algunas de sus cámaras como OSIRIS o el lugar donde la minisonda Philae tocó suelo hace un par de años: Agilkia, la isla que acoge el templo de Isis.

Desde Tierra, los técnicos del centro de control de la misión en Alemania sabían que Rosetta había muerto, pero seguían expectantes las pantallas de datos para confirmar el final. Los datos enviados por Rosetta tardaban 40 minutos en llegar a nuestro planeta. Por eso, cuando el encargado de comunicar la lectura de los monitores se quitó los auriculares, se fundió en un emocionado abrazo con sus colegas de sala y recitó entre labios el consabido «misión cumplida», la nave ya llevaba más de media hora apagada. Fue como una pequeña prórroga de los dioses al faraón más famoso que se ha lanzado al espacio en los últimos tiempos.

Rosetta había descendido tal como estaba previsto a menos de 90 centímetros por segundo, el paso de una caminata humana tranquila. A esa velocidad era capaz de enviar imágenes cada vez más cercanas de la corteza de su objetivo/tumba 67/p Churyumov Gerasimenko. Cada foto mostraba mayor detalle. Riscos y sombras a 5,8 kilómetros se iban convirtiendo en estructuras nítidas, cicatrices y arañazos en el suelo conforme las cámaras se acercaban.

«La prioridad es la ciencia», no se cansaban de repetir los técnicos de la Agencia Espacial Europea (ESA). Todo el vuelo final de la nave había sido diseñado para poder aprovechar al máximo su vida operativa y recibir la mayor cantidad de información posible de las cercanías de esa bola helada. De hecho, el simple envío de imágenes tan cercanas como las de ayer ya es de por sí parte de la historia de la astronomía. Nunca antes se habían visto instantáneas tan próximas a la superficie de un cometa.

Los ingenieros de vuelo habían previsto que el acercamiento no sería sencillo. La forma de 67/p (con dos protuberancias de diferente tamaño) y si giro provocan un campo magnético irregular. Atravesar este campo y salir indemne no es moco de pavo. Rosetta tenía que aterrizar en una fosa situada en el lóbulo más pequeño de su destino. Luego desconectaría sus propios sistemas operativos y se acostaría a dormir para siempre al arrullo del polvo y el hielo cometarios.

¿Por qué era necesario este final? ¿No podría haber viajado junto a su cometa eternamente?

Rosetta es un mortal cuyos designios los dictan los dioses. El cometa 67/p viaja en una órbita marcada por la presencia de Júpiter y se aleja del Sol. En esas condiciones cualquier nave que lo acompañe está condenada a quedarse sin energía solar. Es inservible. Pero su «suicidio asistido» permitiría ofrecer un último servicio heroico a la causa. La ciencia sería capaz de obtener datos inéditos de las curiosas irregularidades del cuerpo celeste y, en concreto, de algunas estructuras heladas que llevan ahí casi 4.000 millones de años y fueron esculpidas por las mismas fuerzas que generaron el Sistema Solar.

Los datos obtenidos ayer no son más que el principio de una larga carrera para la ciencia. Se tardarán quizás décadas en descifrar toda la información ofrecida. Pistas sobre el vapor de agua que exuda el cometa, sobre su campo magnético, sobre posibles compuestos orgánicos que yacen entre su material. Los últimos descubrimientos parecen indicar que fueron precisamente cometas los que bombardearon la Tierra hace 3.800 millones de años y trajeron los ladrillos orgánicos constitutivos de la vida.

En pleno éxtasis elegíaco, ayer, desde la sede de la ESA en Darmstadt (Alemania), resonó la emocionada intervención de Jean-Pierre Bibring, director científico de la sonda Philae: «Estudiando la presencia de compuestos orgánicos, de las sustancias que pueden dar origen a una vida, Rosetta ha realizado un paseo único entre lo inerte y lo habitado. Se ha adentrado en las razones que dieron origen al orden actual de las cosas en el Sistema Solar».

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