Un baño demasiado frío en el Mediterráneo

Foto de archivo del 8 de marzo de 1966 del ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga (2-d), y el embajador de Estados Unidos en España, Angier Biddle Duke (d), bañándose en la playa de Palomares, en Almería

La bomba H se ha puesto de moda. El artilugio termonuclear que parecía ya formar parte del atrezzo de literatura fácil sobre la Guerra Fría ha saltado de nuevo a la plena actualidad. Primero por las bravuconadas –o no tanto– de Kim Jong-un, el líder supremo de Corea del Norte, que sigue jugando con bombas. Ahora vuelve porque la huella de los cuatro dispositivos de ese tipo que perdió EE UU en nuestros mares y tierras hace 50 años sigue más viva que nunca. Huella radioactiva de plutonio que no quiere dejar de irradiar.

Éste es el mismo elemento que obligó a Fraga a enseñar el meyba hace 50 años, y que ha despertado los recelos de los servicios de inteligencia de todo el mundo sobre el dictador norcoreano. La culpa la tienen 30.000 metros cúbicos de tierra dispersos en 40 hectáreas, manchados con 40 kilos de plutonio. Este material radiactivo decae con el tiempo hasta convertirse en otros tipos de subproducto, como el americio. El elemento es cancerígeno y, además, puede dispersarse en el aire.

Con la remoción reciente de tierras de la zona surgió la necesidad de seguir controlando los niveles de radiación porque el problema dista mucho de estar enterrado. Es cierto que todas las medidas de americio y plutonio siguen estando dentro de los niveles de seguridad marcados por los organismos internacionales. Pero también es verdad que Palomares y su entorno dan cobijo, posiblemente, al suelo más radiactivo de Europa después de Chernobil, con mediciones que, en ocasiones, multiplicaron por cinco la radiactividad media del mar Mediterráneo.

Si el cumpleaños sirve para algo, que sea para que de una vez por todas EE UU se lleve la tierra que contaminó a un lugar seguro o, cuando menos, muy lejano de nuestro país. Porque el baño de don Manuel Fraga no fue suficiente para enfriar un átomo (concretamente el de Plutonio) cuya vida media de actividad caliente es de alrededor de 27.000 años.