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Berto Romero: «El independentismo no es un tema tabú, se puede hacer bromas de todo»

Guionista, humorista, compañero inseparable de Buenafuente en el «late night» «En el aire» (laSexta) y ahora también actor. Berto Romero ha dado el salto a la gran pantalla gracias al papel de novio «gafapasta» de Inma Cuesta en «Tres bodas de más», la comedia de Ruiz Caldera. Algunos de los «gags» que protagoniza han logrado que sea nominado en la categoría de actor revelación de los próximos premios Goya. Conocerle es querer llevártelo a casa.

–A sus pies. Hacía mucho que nadie me provocaba la risa (ni la sonrisa, que es más difícil).

–¿Le parece más difícil provocar la sonrisa que la risa? Ese tema da para un ensayo. Creo que es al revés, pero no quiero empezar acosando.

–Cómico, actor, monologuista, copresentador, radiofonista, actor... Amante, padre de familia numerosa y esposo... ¿Cómo se pueden ser tantas cosas a la vez sin estar loco?

–Sólo soy cómico e intento desplegar la comedia por todos los medios. Lo de padre y esposo es algo que me encanta y quizá es lo más difícil de compaginar con el trabajo, ya que parece que la sociedad se ha emperrado en que trabajemos o vivamos, pero no las dos cosas a la vez. En cualquier caso, confirmo que no estoy loco (al menos eso me dicen las voces dentro de mi cabeza).

–Y flamante nominado a los Goya como actor revelación. ¿Quién es su padrino?

–Mi padrino fue mi tío Emilio, que falleció cuando yo era joven, de modo que creo que no hay lugar para la sospecha.

–¿Ya está ensayando como Kate Winslet, con el bote de champú por si gana?

–Nunca ensayo por si gano algo. Como tampoco lo hago por si pierdo. Pero de cualquier manera, no me veo con el bote de champú, me daría la risa.

–Creo que ha superado los complejos que le atenazaron en el pasado pero está desarrollando unos nuevos.

–Me quedan pocos complejos en mi vida personal, pero en mi vida artística, los cuido, los mimo y los desarrollo, porque son motor de comedia. Filias y fobias exageradas, traumas; todo eso es material de primera para la risa. Para vivir soy infinitamente más equilibrado.

–Dice que ve acercarse a pasos agigantados las manías de viejo. ¿Me comparte alguna?

–Gruñir y refunfuñar y repetir lo mismo una y otra vez. Me veo un viejo simpático pero un pelín cascarrabias y bastante brasa.

–¿Qué tal ha sido volver «En el aire»?

–Muy bueno. Trabajar con Andreu es agradable y me sigo riendo mucho con él. Ahí vamos juntitos. El horario es lo peor, no soy nada noctámbulo y me entra el sueño.

–Desde que le conoció esclaviza todo su tiempo. ¿También toda su sabiduría?

–Naah, no esclaviza. Me paga por mi trabajo. Sabiduría la justa, no olvides que somos cómicos. Parecemos listos, pero es una ilusión.

–Creo que usted no es que tenga gracia, es que se le cae del bolsillo, que no imposta.

–De momento, noto que la gente sigue riéndose conmigo, así que ya está. Si no está roto, no hay que arreglarlo. Pero sí, es cierto, huyo de la importación, no me gusta nada lo artificial. Y construyo mi comedia desde la naturalidad. De eso estoy orgulloso.

–Me cuenta lo de «el calvo» que perpetró en Twitter para celebrar su millón de «followers».

–En mi anterior foto «caliente» en Twitter, cuando imité las fotos robadas de Scarlett Johansson, mostré todo el culo. En ésta, sólo medio. Es evidente que estoy madurando y cada vez soy más recatado. Me estoy vistiendo progresivamente, por así decirlo.

–Después de enseñar sus posaderas, ¿está preparado para quitarse las gafas sin cristales?

–Creo que sí. De hecho, en el cine estoy haciendo papeles sin gafas. No lo escojo yo. Pero para el Berto cómico del teatro y la televisión me siguen gustando. El personaje ya está hecho así.

–¿Qué lee? ¿Qué come? ¿Qué oye?... ¿Duerme con dos gotas de Chanel?

–Leo poco por falta de tiempo, como mucho (más por nervios que por hambre) y escucho música buena. Duermo con una camiseta vieja y unos pantalones viejos de un pijama de mi mujer.

–Durante la Transición se hacía buen humor político. A tenor de lo que pasa, ¿no deberíamos retomar un poco de aquella esencia?

–Me da bastante pereza opinar sobre lo que deberíamos o no hacer como colectivo. Por lo que a mí respecta soy más de evadirme, me encanta el surrealismo, la ficción. Aunque el buen humor político es fantástico y también me gusta tocarlo, noto que no está en mi temperamento.

–Lo que seguro que no hará son bromas con lo del independentismo catalán.

–¿Y por qué no? No es un tema tabú. Que yo sepa se pueden hacer bromas sobre todo. De momento. Aún, a falta de que alguien me diga lo contrario, seguimos disfrutando de libertad de expresión. No ha habido ningún cambio en las últimas horas, ¿verdad?

–¿Rajoy le hace gracia?

–Pues no. Mira que lo intento, pero no le veo la gracia. Si quieres hablamos como gobernante... No, mejor lo dejamos así.

¿Cuánto trabajo hay detrás, frente al papel, como el guionista que no ha dejado de ser?

–El guión es siempre la base, la estructura, el diseño, el alma. Todo está ahí. El resto somos aparejadores, albañiles y decoradores.

–Si puede milimetrar la improvisación, ¿el público es muy previsible?

–Sí, bastante. Como individuos, los seres humanos son imprevisibles, pero en grupo se les ve venir a la legua. A partir de esta premisa el gran Asimov escribió una de las sagas más interesantes de la ciencia ficción: Fundación.

–¿La inspiración no depende de su situación anímica? (Tengo entendido que su padre falleció en mitad del último «Buenafuente» y usted siguió hasta el final).

–La comedia sigue otro camino al margen. Se puede hacer estando mal anímicamente. No es agradable para el que la ejecuta pero el público puede no darse cuenta perfectamente. El oficio y las tablas hacen su trabajo por su cuenta.

–El humor de aquí es más suave que el de los países sajones. ¿Hay autocensura?

–No más que en cualquier otro ámbito de nuestra sociedad. Incluso diría que menos. A los cómicos se nos presupone que deberíamos actuar como si desarrolláramos nuestra comedia en EE UU para poder hacer una carnicería con nosotros en cuanto lo hagamos y para poder decir que somos unos cagados cuando no lo hacemos. Todos, no sólo los cómicos, vivimos en un ambiente aplastado por lo políticamente correcto y la irritación continua. Con el puñal en la espalda. El cómico es el reflejo de cómo está la sociedad, y si no logra expresarse más contundente no es por falta de ganas. Y discrepo: nuestro humor no es más suave. Tenemos cómicos muy radicales y muy innovadores.

–Señor Romero, don Alberto, Berto, dígame algo que no le haya confesado a nadie –soy de fiar–.

–No soy muy de dar titulares. Esta vez no va a poder ser, pero ¿quedamos para la próxima semana?