El falso shaolín utilizó brida, cuerda de embalar y cinta americana para asfixiar a Otuya

Juan Carlos Aguilar colocó una brida de electricista en torno al cuello de Maureen Otuya, lo rodeo con cuatro vueltas de cuerda de embalar y tapó todo con cinta americana, según relataron ayer los ertzainas que irrumpieron en el gimnasio del falso shaolín el dos de junio de 2013, tras la llamada de una vecina que oyó gritos de socorro. En la segunda jornada del juicio que se desarrolla en Bilbao contra Juan Carlos Aguilar por el asesinato de dos prostitutas testificaron los agentes que rompieron la puerta del gimnasio para acceder al lugar donde encontraron a Maureen Otuya en el suelo e inconsciente y la vecina que avisó a la Policía.

“No sé cómo es el sonido de su voz, porque no dijo nada al ser detenido”, testificó uno de los dos ertzainas que entraron en un pequeño recinto, en el que hacía un calor horrible, y se encontraron con Juan Carlos Aguilar con las manos en alto, pero no hacía arriba, sino de frente, como separándose de los agentes, y andando hacia atrás. No había ninguna luz y los ertzainas llevaban linternas y vieron una sábana en el suelo bajo la cual estaba Maureen Otuya, con una parte del cuerpo bajo un camastro y bridas en los pies y en los brazos. Llevaba unas mallas y una camiseta, que estaba rasgada y dejaba ver uno de sus pechos. Tenía sangre en la cara y en la boca.

El falso shaolín no puso resistencia y cuando le preguntaron “Has hecho tú esto? “ se encogió de hombros. “Estaba tranquilo” y fue conducido a otra habitación del gimnasio mientras los sanitarios, que acudieron inmediatamente, intentaban reanimar a la joven nigeriana, que moriría tres días después en el Hospital de Basurto.

“¿Podemos cortar esto?”, preguntaron los sanitarios a los ertzainas para quitar la cinta americana que asfixiaba a Maureen Otuya . Los agentes no supieron explicar porque les pedían permiso, pero la cinta fue cortada y en el cuello de la víctima quedó una huella “como la que deja una goma demasiado apretada en la carne”. Era una huella reciente, porque más o menos media hora antes la joven nigeriana había sido vista en las escaleras de acceso al gimnasio, tras una verja con cristal. Mauren gritaba “auxilio, socorro” y “tenía cara de angustia”, según la mujer que llamó al 112 el primer domingo de junio de 2013, a las cuatro menos veinte de la tarde. “Vi como otra persona le cogía del pelo y desaparecía para abajo”.

Entre la llamada y la llegada de la Ertzaintza pasaron diez minutos, durante los cuales la vecina estuvo vigilando la entrada al gimnasio, sin que entrara ni saliera nadie. Los policías llamaron a la puerta y ante la falta de respuesta y alarmados porque en las escaleras había una zapatilla de mujer y unas monedas, indicios que ratificaban el testimonio de la vecina que había dado el aviso, decidieron forzar la puerta. Tardaron otros diez minutos en hacerlo, con un hacha y una ganzúa, tiempo durante el cual el falso shaolín estaría escuchando lo que ocurría. Durante otros diez minutos cuatro parejas de agentes de la Ertzaintza registraron el gimnasio, que estaba a oscuras. En la planta de abajo no encontraron nada, pero escucharon algo arriba y subieron a un descansillo en el que había una oficina y una sala de calderas. Tardaron un rato en darse cuenta de que tras la lámina de la puerta de entrada al hall del piso de arriba había una especie de puerta corredora que daba a un habitáculo asfixiante, hasta el punto de que uno de los agentes que entró tenía que permanecer en cuchillas por la poca altura del techo. Allí estaba el falso shaolín, sudando, con el torso desnudo y con arañazos recientes, y su víctima.

Los ertzainas entraron con prevención porque durante el recorrido por el gimnasio habían visto muchas armas –ballestas, arcos, catanas-y un muestrario de cuchillos en el que faltaba uno. Posteriormente también encontraron restos humanos en varias bolsas verdes, que resultaron pertenecer a la primera de las víctimas, la colombiana Jenny Rebollo. En el gimnasio, la Ertzaintza encontró además fotos y videos de otras siete mujeres, algunos de ellos con imágenes violentas. Durante la instrucción del caso, la Ertzaintza habló con varias de esas mujeres, ya que sus números de teléfono constaban en el móvil de acusado y se reconocieron en las fotos y videos. Una de ellas dijo que mantenía una relación estable con Juan Carlos Aguilar.