Famosas españolas divididas por Grey

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No hay duda de que ha supuesto una revolución en muchos sentidos, aunque menos de lo que algunos creen, por los enormes –y francamente mejores– precedentes que han sentado las bases para que a muchos de nosotros esta historia con tintes de folletín rosa nos deje fríos. Pero, indudablemente, los datos hablan por sí solos: más de 100 millones de ejemplares y 4,5 millones de entradas anticipadas vendidas demuestran que el fenómeno existe. Así que tenía que experimentarlo por mí misma, y el jueves por la noche acudí a la «premiere» de «50 sombras de Grey». A raíz de la algarabía que se había organizado tanto en torno a la trilogía como al esperado estreno –y para no visionar el filme sin «background» previo–, decidí leerme el libro rápidamente. Es inmensamente mejor que la película, y me recordó, con puntualizaciones, a aquellos libros de «La sonrisa vertical» que yo leía en mi juventud; sin embargo, el fenómeno Grey se compone de una literatura floja disfrazada con un marketing fantástico.

Lo que vemos en la película es la constatación de que «50 sombras de Grey» es un negocio que jamás quiso ser arte. El libro ha supuesto la primera experiencia en el BDSM («bondage» o ataduras, disciplina y dominación, sumisión y sadismo, masoquismo) para muchas lectoras –público al que va dirigido–, especialmente en Estados Unidos, donde no tienen precursores literarios como el marqués de Sade en un erotismo salido de los cánones habituales. Sin embargo, los expertos apuntan que, si bien ha conseguido normalizar las conversaciones sobre sexo, esa parte tan natural y humana presente en nuestras vidas, también ha introducido, en cierto sentido, el factor de la violencia en las relaciones: «La película muestra el abuso como romance y enseña a las mujeres que la violencia sexual es algo sexy, cuando en realidad los roles son de depredador y víctima», explica Gile Dines, presidenta de la organización internacional feminista Stop Porn Culture. Uno de los problemas que ha desatado esta cosificación de las relaciones es la expansión, precisamente, de una cultura pornográfica que deja a un lado el amor para regirse por un pacto o acuerdo, como el que firman los protagonistas al comienzo de la historia. «Grey es un depredador con experiencia, un acosador, un abusador y un sádico, que focaliza sus deseos en una mujer mucho más joven», explica Dines, que matiza que se trata de «un cuento de hadas en el sentido de que no es real» pero, en realidad, «es una historia de horror que viven muchas mujeres».

Etonces, ¿a qué se debe el fenómeno Grey? En parte, a los tabúes que existen en nuestra sociedad, especialmente a los que experimentamos las mujeres. «Si algo bueno ha traído Grey es que el género femenino ha desarrollado su imaginación, que es el motor del deseo sexual. Muchas de ellas se sienten identificadas con la protagonista, con sus deseos y aspiraciones, y esto las libera. Es sano, hasta cierto punto, explorar las propias necesidades y aspiraciones, y hacerlo de una forma deshinibida», apunta el sociólogo Manuel García de Andrés.

Una «première» decepcionante

Si bien hay grandes detractoras de esta historia semierótica, hay muchas otras fans incondicionales. En el preestreno celebrado en Madrid no hubo caras importantes, sino más bien actuales y divertidas. La mayoría de los asistentes eran jóvenes: descubrí con incredulidad que muchos de mis amigos les habían cedido sus asientos, gustosamente, a sus hijos. ¿El resultado? Nadie, o casi nadie, superaba el umbral de los 30. La película pasó por mí sin pena ni gloria. Una fotografía preciosa y una actuación, la de esa maravillosa Dakota Johnson –hija de Melanie Griffith y estrella en ciernes–, muy creíble; sin embargo, Jamie Dornan es un «yogurín» blando que no está a la altura del papel de dominante. Deberían haber escogido a alguien más moreno, más racial, y dotar de una mayor sofisticación el ambiente de la película. El vestuario me decepcionó enormemente –de ella sólo destaco el vestido de Roland Mouret que viste en la reunión–: para tener tanto dinero, Mr. Grey viste francamente mal. Lo mismo sucede con la ropa interior: uno esperaría ver lencería fina, elegante y glamourosa. Otra decepción.

En cuanto a la química entre ellos, es inexistente: no hay momentos de tensión, nada me provocó escalofríos, ni siquiera cuando se besaban. Quizá el momento más sexy es cuando ella se muerde el labio inferior o sus puntos de humor. Dakota es, sin lugar a dudas, lo mejor de la película, y despertó risas en el público, como los abdominales de Dornan despertaron exclamaciones (aunque su trasero palidece ante el de Mel Gibson). En resumen, se trata de un fenómeno «teenager» que no convence. Salí pensando: «Se acabó el día, se acabó la romería».