Cambio climático intencionado

Científicos de la Universidad de Harvard proponen inyectar a la atmósfera partículas tóxicas para enfriar la Tierra de manera que sea posible «controlar» los cambios de temperatura. Es el primer experimento serio de geoingeniería.

El ser humano puede utilizar rudimentos tecnológicos para modificar el ambiente a su criterio
El ser humano puede utilizar rudimentos tecnológicos para modificar el ambiente a su criterio

Científicos de la Universidad de Harvard proponen inyectar a la atmósfera partículas tóxicas para enfriar la Tierra de manera que sea posible «controlar» los cambios de temperatura. Es el primer experimento serio de geoingeniería.

Dos científicos de Harvard están dispuestos a revolucionar el orden establecido de las cosas. Si hasta hoy parecía que la intervención del hombre en el cambio climático es una realidad espantosa, ellos quieren darle la vuelta a la tortilla y ser los primeros que provoquen un cambio del clima de manera intencionada. Un cambio de temperaturas de origen antropogénico, a las bravas. Para ello están preparando una serie de experimentos a pequeña escala, avalados por el Massachusetts Institute of Technology (MIT), que consisten en la inyección en la atmósfera de una fina lluvia de compuestos como dióxido de azufre, aluminio o carbonato cálcico con el fin de enfriar las temperaturas globales. Si el ser humano, enviando gases de efecto invernadero a la atmósfera, es capaz de calentarla, ¿podrá también enfriarla enviando otro tipo de sustancias?

La propuesta se va a convertir en el primer experimento más o menos serio de geoingeniería, una idea científica añeja que consiste en jugar con las posibilidades de la ingeniería para modificar el curso de las leyes naturales, y que no siempre ha estado bien vista por los científicos. David Keith y Frank Keutsh, de Harvard, han propuesto utilizar globos aerostáticos de gran altitud atados a un equipo de propulsores dirigidos desde una base en Tucson, Arizona. Al artefacto lo llaman Stratocruiser, y será capaz de irrigar una pequeña neblina de los citados compuestos químicos en una zona muy controlada. La intención del experimento es comprobar cómo se comportan los volátiles a tal altura, cómo reaccionan con los componentes naturales de la atmósfera y, sobre todo, si son capaces de refractar la radiación solar de manera eficaz. Porque, en el futuro, se pretende irrigar grandes áreas globales con este sistema para desviar la radiación del Sol y provocar un descenso de las temperaturas. Será como poner una sombrilla tamizada a la Tierra.

La geoingeniería tiene mala fama. Y, probablemente, con razón. La idea de que el ser humano puede utilizar rudimentos tecnológicos para modificar el ambiente a su criterio, ya sea para provocar lluvias sobre una zona de cultivo azotada por la sequía, para evitar que llueva sobre una capital olímpica o para enfriar unas décimas de grado la sobrecalentada atmósfera, repugna incluso a los más fervientes defensores del desarrollo científico del siglo XXI. Si, además, lo que se pretende no es actuar localmente sino tratar de manipular el clima a escala global, los escalofríos son inevitables.

Parece obvio que el clima es un sistema demasiado complejo y aún demasiado desconocido como para ser modelado en un laboratorio y sometido a los designios de nuestra tecnología, por muy avanzada que ésta sea. Todavía quedan muchas dudas por resolver acerca de cuáles son todos los componentes del complicado puzzle del cambio climático y cuál es la importancia de cada uno de ellos en el juego.

Además, desde el punto de vista político, la posibilidad de actuar sobre los mecanismos moduladores del clima mediante intervenciones tecnológicas puntuales puede tener consecuencias aún desconocidas sobre el desarrollo de países, regiones, o continentes enteros. El «cambio climático intencionado» puede añadir una dimensión política global novedosa, enorme y potencialmente peligrosísima. Los defensores de la técnica, sin embargo, creen que tarde o temprano la humanidad se verá obligada a elegir entre dos alternativas igual de estremecedoras: tratar de adaptarse a las consecuencias catastróficas del calentamiento o entregarse a la aventura de la geoingeniería para poner remedio al desastre. ¿Susto o muerte?

El experimento de Harvard y el MIT cuenta ahora con el aval de no pocos expertos. Sus autores creen que inyectar partículas refrigerantes a la atmósfera no es algo extraño a la naturaleza. De hecho, ocurre algo similar cuando una erupción volcánica emite millones de toneladas de azufre vaporizado al cielo y provoca una reducción drástica de la temperatura local durante meses. Pero no está claro qué ocurrirá si ese fenómeno se desata de manera artificial. Jugar a demiurgos que modelan el destino climático de la Tierra puede traer consecuencias catastróficas.