¿Por qué recordamos tan bien episodios de nuestra infancia?

En el hipocampo esas secuencias se codifican y consolidan para ser recuperadas a la larga

Durante la segunda semana de vida, el cerebro empieza a ser capaz de fijar el recuerdo de localizaciones específicas, de lugares
Durante la segunda semana de vida, el cerebro empieza a ser capaz de fijar el recuerdo de localizaciones específicas, de lugares

Gracias a la observación del sistema de localización de espacios de ratones recién nacidos, la ciencia ha podido dar un paso de gigantes para entender cómo se las apaña el cerebro a la hora de recordar paisajes o lugares lejanos en el tiempo.

Gracias a la observación del sistema de localización de espacios de ratones recién nacidos, la ciencia ha podido dar un paso de gigantes para entender cómo se las apaña el cerebro a la hora de recordar paisajes o lugares lejanos en el tiempo. Se llama memoria episódica a esa capacidad de rememorar una escena concreta. La casa de nuestros abuelos, el olor del pasillo de entrada al colegio, nuestro primer día de escolares, la playa en la que nos bañaron por primera vez siendo muy niños, el color del asiento del primer avión en el que volamos... Esa capacidad de guardar imágenes parece que se desarrolla en diferentes fases durante la maduración infantil del cerebro. En concreto, el hipocampo, una pequeña zona de materia gris localizada en el centro del cerebro, juega un papel crítico a la hora de convertir sucesos del día a día en memorias. Esas experiencias son reproducidas por el cerebro como secuencias comprimidas durante las horas de sueño, es como si el sueño sirviera para empaquetar y ordenar las cosas que hemos visto y experimentado durante el día.

En el hipocampo esas secuencias se codifican y consolidan para ser recuperadas a la larga.

En el caso de lo ratones de laboratorio, se ha descubierto que existen algunos periodos del desarrollo donde la consolidación es más eficaz. Durante la segunda semana de vida, el cerebro empieza a ser capaz de fijar el recuerdo de localizaciones específicas, de lugares. Pero no es capaz aún de unirla a un código temporal lo que quiere decir que, aunque esos lugares no serían extraños si el animal volviera a verlos, no son susceptibles de ser recordados a largo plazo.

Sin embargo, a partir de la cuarta semana de vida, los animales tienen plena capacidad de cumplir las dos funciones: fijar el recuerdo y adscribirle un código temporal. Es a partir de ese momento cuando son plenamente hábiles para guardar memorias episódicas que sean recordadas a largo plazo.

Se supone que en los seres humanos el proceso es similar y que, por lo tanto, a partir de un momento determinado de nuestro desarrollo neuronal, empezamos a guardar en el hipocampo imágenes nítidas de los episodios cotidianos. Si alguas de ellas están unidas a experiencias emocionalmente más intensas, en el futuro las recordaremos con más facilidad.

¿Sentimos el dolor igual los hombres y las mujeres?

Una nueva investigación sugiere que puede haber variaciones basadas en el sexo, en la forma en que se recuerda el dolor tanto en ratones como en humanos.

El equipo de investigación encontró que los hombres (y los ratones machos) recordaban claramente las experiencias dolorosas anteriores. Como resultado, estaban estresados e hipersensibles al dolor posterior cuando regresaron al lugar en el que lo habían experimentado, mientras que las mujeres (y las hembras) no parecían sentirse estresadas por sus experiencias anteriores. Los resultados pueden ayudar a los científicos a avanzar en su búsqueda de futuros tratamientos para el dolor crónico.

¿Existe el miedo a los globos?

Hay gente que al acudir a una fiesta llena de globos empieza a temer que en cualquier momento puedan comenzar a estallar, se activa su respuesta nerviosa, sudan, se irritan e incluso huyen. Padecen ligirofobia, o lo que es lo mismo, miedo a los ruidos fuertes, agudos y normalmente repentinos. Según los psicólogos, podría no tratarse de un miedo de origen psicológico, sino un síntoma de hiperacusia, que es la disminución de la tolerancia a los sonidos naturales causada por afectaciones en la fisiología de oído. Habitualmente, este tipo de fobia se presenta en niños pequeños e irá desapareciendo con el paso de los años.