Restauración forestal para luchar contra la desertificación

Celebramos este viernes el Día internacional contra la desertificación. Se trata de un fenómeno que afecta especialmente a buena parte de África y de los países árabes y que con toda probabilidad se verá reforzado por el cambio climático. Y precisamente estas zonas se ven más afectadas debido a la inestabilidad política, al crecimiento demográfico y a la emigración que acaban afectando a Europa.

La importancia de esta cuestión ya fue identificada en la Cumbre de Río de 1992 con la firma de la Convención de lucha contra la desertificación, cuya sede pretendía España pero que fue finalmente a parar a Bonn. Lamentablemente esta convención ha recibido mucha menos atención política y mediática que su par de cambio climático. Existe considerable consenso sobre las prioridades y experiencia en las actuaciones paliativas.

En el ámbito de la prevención es fundamental frenar el cambio climático dado que los peores escenarios coinciden con estas áreas. Todo lo que podamos hacer en cualquier lugar del planeta para reducir las emisiones de gases invernadero, especialmente por consumo de energías fósiles, reducirá sus efectos devastadores. También resulta clave gestionar adecuadamente la cubierta vegetal evitando toda nueva degradación especialmente en la zona del Sahel, donde el crecimiento demográfico todavía hace estragos.

Donde existe también un amplio consenso y experiencia aplicada es en la necesidad de ir más allá y recuperar la vegetación mediante actuaciones de restauración. En todos los países del Magreb o también Turquía, Israel o Irán se han recuperado considerables superficies degradadas lo que redunda en una mejora de las condiciones de vida locales, protección del suelo, calidad del agua, mitigación del cambio climático y preservación de la biodiversidad. Hay una insuficiente conciencia que una de las zonas con mayor crecimiento relativo de los bosques del Planeta en los últimos años se ha producido precisamente el Mediterráneo y Asia menor.

Se ha estimado a escala global la superficie restaurable en 1.000 millones de hectáreas sin afectar a la seguridad alimentaria. Restaurar esta ingente extensión permitiría aumentar en un 25% la superficie global de bosques contribuyendo de forma destacadísima a la lucha contra el cambio climático y estabilizando poblaciones locales al ofrecer jornales a corto plazo y a largo medios de subsistencia basados en el uso sostenible de estos nuevos bosques. El proyecto emblemático de la Gran muralla verde del Sáhara y el Sahel pretende también catalizar las voluntades para frenar el avance del desierto y consolidar modelos de desarrollo local sostenibles mediante una restauración inteligente.

La restauración requiere de considerables medios y capacidad logística. Nuestro país ya realizó en el pasado una gran labor de restauración y hoy debería ser este ámbito una de las prioridades de nuestra cooperación internacional dada la experiencia contrastada acumulada, y coincidir los países más prioritarios para la política exterior con aquellos más afectados por la desertificación. Entre otros aspectos es una actividad plenamente coherente con los acuerdos de París, que destacan la relevancia de los bosques en el balance de carbono de la atmosfera. Por ello, los bancos internacionales liderados por el Banco Mundial deberían apoyar la restauración forestal de forma decidida.

Después de décadas de atención a los bosques tropicales húmedos es necesario también prestar una atención preferente a los bosques secos, quizás visualmente menos impactantes, pero en los que existen grandes extensiones restaurables, y en los que los daños al afectar al suelo pueden devenir irreversibles. Disponemos de la técnica, y las ventajas múltiples son más que evidentes; únicamente falta la voluntad política para ello.

Pero queda mucho que hacer dado que los mejores ejemplos están vinculados a países con administraciones forestales altamente eficientes cosa que no se dan en todos los casos. Pakistán, por ejemplo, es un país orográficamente comparable con los alpinos en Europa, pero dispone apenas de un 2% de bosques. En los monzones de 2010 y 2011 se produjeron devastadoras inundaciones debido a la ausencia de vegetación que regulase la escorrentía por las escarpadas laderas del país. Hemos de aprender a invertir en prevención restaurando los paisajes para minimizar los riesgos por catástrofes, en buena medida predecibles. El vigésimo aniversario de la catástrofe de Biéscas nos debería recordar esta necesidad imperiosa.

*Decano del Colegio de Ingenieros de Montes