El irrepetible viaje a lo desconocido

Nunca antes un ser humano había partido en un viaje que le llevaría a otro cuerpo celeste, a un mundo diferente a la Tierra. Sí, es cierto que nuestra especie ha sido viajera impenitente.

Nunca antes un ser humano había partido en un viaje que le llevaría a otro cuerpo celeste, a un mundo diferente a la Tierra. Sí, es cierto que nuestra especie ha sido viajera impenitente. El Homo sapiens salió de África hace varios cientos de miles de años para colonizar Oriente Medio y Europa. Y sus sucesores siguieron rompiendo fronteras incansablemente... Asia, América.

Pero visitar otro mundo, en este caso la Luna, era otra cosa. Así que a las 13:32 hora de Greenwich del 16 de julio de 1969 los tripulantes de la nave «Apolo 11» sabían que iban camino de la historia. Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin encendieron los motores cinco segundos antes del despegue. Lograron dos cosas: dar el pistoletazo de salida a la conquista de la Luna y llenar de humo y polvo todas las propiedades circundantes en ocho hectáreas.

Hoy todos tenemos guardado en la memoria el momento sublime en el que el primer ser humano tocó con la planta de sus pies la Luna. Aquellas imágenes en blanco y negro, diferidas por motivos de seguridad y acompañadas por las apasionadas frases de Jesús Hermida son parte de nuestro patrimonio. Pero todo eso ocurrió cinco días después del despegue. Casi nadie repara en la emoción de aquella tarde de verano del 69 cuando el cohete que portaba al módulo «Apolo 11» empezó a despegarse de la Tierra. A bordo, tres astronautas nerviosos con mensajes de buena voluntad de las Naciones Unidas y un puñado de banderas.

Dos horas y 44 minutos después del partir, esos tres hombres volaban a 39.500 kilómetros hora para salir de la órbita de la Tierra. Probablemente para aquel entonces aquí abajo todo había vuelto a la normalidad. Los niños volvieron a jugar, los padres continuaron sus tareas y las ciudades bullían de nuevo como si dos horas y 44 minutos antes no hubiera salido una delegación de la humanidad hacia la última frontera jamás conquistada. Porque desde entonces no hemos sido capaces de ir más lejos.

Las frases para la historia suelen proferirse en los momentos finales de un drama. Aquello de «un pequeño paso para un hombre...» llegaría algo más tarde. Ese 16 de julio sólo pasará a los anales por dos comentarios mucho más prosaicos. Desprendida la tercera fase del cohete, el comandante Neil Armstrong reportó: «No podemos quejarnos, todo es precioso». De vuelta a casa, él mismo reconocería que las cosas no fueron tan sencillas. «El despegue de la Tierra y el aterrizaje en la Luna fueron como un viaje a lo desconocido», una gran aventura en el que nada estaba tan controlado como parecía.