La telepatía que propone Facebook, técnicamente posible

Mark Zuckerberg tendrá que aprovecharse para ello de los implantes cerebrales que nos conectan a la red. Pero ¿estamos preparados para que todo lo que pensemos forme parte de una base de datos? ¿Dejaremos que nos introduzcan publicidad en nuestro cerebro?

Mark Zuckerberg tendrá que aprovecharse para ello de los implantes cerebrales que nos conectan a la red. Pero ¿estamos preparados para que todo lo que pensemos forme parte de una base de datos?

«La pregunta que necesitamos responder es si el vídeo es el mayor avance que podemos lograr en una red social. ¿Es lo máximo a lo que podemos aspirar en términos de compartir una experiencia? Y la respuesta es no». Éste fue el comentario de Mark Zuckerberg que abrió el dique de ríos de tinta. Más aún cuando mencionó un experimento de la Universidad de Berkeley que permite predecir qué piensa una persona mediante imágenes de resonancia magnética (MRi).

Pero si lo que Mark (no creo que lea esto, pero seguro que me permite llamarlo así) pretende es conectar las emociones y no los pensamientos de las personas con la red social Brainbook, sabe de sobra que las imágenes de nuestro cerebro son casi huellas dactilares. Procesamos las emociones de modo similar, pero no idéntico. Son útiles para establecer patrones, pero de ningún modo tienen una eficacia del 100%.

Por otro lado, el experimento que menciona tampoco es el más avanzado. Hace poco, un equipo interdisciplinar de científicos, entre los que se encontraban miembros del Instituto Starlab de Barcelona, consiguió que dos personas se comunicaran a través de internet mediante el pensamiento a 5.000 kilómetros de distancia. La investigación, dirigida por Alvaro Pascual-Leone, del Centro Médico Beth Israel Deaconess, estaba enfocada a dotar de independencia a pacientes que no pueden comunicarse por ningún otro medio.

Mark también mencionaba un trabajo de Miguel Nicolelis, de la Universidad Duke, que logró transferir los recuerdos de un ratón a otro para que este último pudiera recorrer un laberinto... algo con lo que ya especulaba Frank Rosenblatt, un experto en inteligencia artificial en un artículo publicado... ¡en 1966!

Pero la realidad es que estos avances requieren instrumentos tecnológicos, como electroencefalogramas o MRi, que, debido a la precisión necesaria, deben ser de un tamaño notable y deberían tener una autonomía y portabilidad en la que ningún científico se está centrando ahora mismo.

Aun así, si existe una solución mucho más cercana que 2050, fecha dada por Mark para que enviemos emociones y pensamiento por la red: los implantes cerebrales. La empresa de comunicaciones y estrategia Vrge ha realizado una encuesta en la que asegura que un 25% de los adultos estaría dispuesto a recibir un implante cerebral si con ello aumenta sus capacidades. Lo más lógico entonces sería que Mark se aprovechara de implantes cerebrales que nos conectan a la red para, de este modo, obviar al intermediario, es decir al lector de ondas cerebrales o al decodificador de imágenes de resonancia magnética, e ir directamente al cerebro. Si algo así existiera, claro.

Y la verdad es que existe. Lo han creado investigadores de la Universidad Brown. Se trata del primer implante cerebral que permite conectarse a un ordenador y que es recargable, no tiene cables y puede ser utilizado durante mucho tiempo. El implante ya ha sido probado en monos y cerdos durante más de un año seguido, sin ningún tipo de efecto secundario.

Los ensayos sirvieron para que los expertos estudiaran el cerebro de estos animales, ya que el dispositivo enviaba la información neuronal de sus interacciones sociales, sus costumbres, etc. Pero esa misma tecnología ha sido usada por los autores para que un humano controle un brazo robótico a distancia, a través de internet. El implante transmite información a unos 24Mbps (55 Mbps es suficiente para vídeos con calidad HDTV), consume apenas 100 milivatios, se carga de forma inalámbrica en dos horas y tiene una autonomía de 6. El inconveniente es su tamaño: ahora mismo es un cuadrado de 5 centímetros de lado y unos 9 milímetros de grosor.

Si la ley de Moore (que dice que cada 18 meses se duplica la potencia de los procesadores y se reduce a la mitad su tamaño), también se aplica a este tipo de implantes, en menos de cinco años estaremos ante un dispositivo capaz de enviar y recibir información directa de nuestro cerebro, con un tamaño de un centímetro de lado.

Con todo esta información, las estimaciones de Mark Zuckerberg podrían ser demasiado conservadores y podríamos estar hablando de 2025, o aún antes, para que los primeros ensayos en humanos interactuando con la red, enviando y recibiendo información, se lleven a cabo.

Por lo tanto, realmente el problema no es ese, la tecnología es factible y no tan lejano. El verdadero obstáculo de Brainbook es de qué va a vivir. Actualmente Facebook vive gracias a la publicidad que consigue merced al enorme caudal de datos de sus usuarios.

Ante el desafío de la privacidad

En menos de dos décadas, cuando los implantes comiencen a ser una realidad, ¿aceptaremos que todo lo que pensamos pase a formar parte de esa base de datos? ¿Dejaremos que nos introduzcan publicidad directamente al cerebro? La visión de Mark es realizable en términos tecnológicos, pero sin duda precisará una nueva regulación de leyes de publicidad, privacidad y comunicación para la que aún no estamos preparados. Allí yace el verdadero desafío de la conectividad que plantea Brainbook: convertir nuestros cerebros en una red global no trata solo sobre tecnología, sino sobre los desafíos a los que esta nos enfrenta. Y esa respuesta es la que puede demorarse mucho más allá de 2050.