A Dios rogando y con el mazo dando

El Juli, brillante y triunfal colofón con una desigual corrida de Daniel Ruiz

Albacete. Décima y última de la Feria de la Virgen de los Llanos. Se lidiaron toros de Daniel Ruiz y un sobrero (3º) de El Torreón, muy desiguales de presentación y juego. El 2º, premiado con la vuelta al ruedo, y el 5º fueron los de mejor nota. Lleno en los tendidos.

Enrique Ponce, de grana y oro, media (división de opiniones); estocada casi entera caída (ovación). El Juli, de nazareno y oro, estocada caída (dos orejas); estocada, tres descabellos (oreja). Sebastián Castella, de lila y oro, dos pinchazos, estocada (silencio); pinchazo, estocada (oreja). Entre las cuadrillas, destacaron los toreros de plata Álvaro Montes, Javier Ambel y Vicente Herrera.

Todo estaba previsto para que la feria se culminase con un gran fin de fiesta. Pero no siempre las cosas salen como se quiere, y menos cuando el toro está por medio. La corrida prevista de Las Ramblas fue para atrás yse trajo otra de Daniel Ruiz, el gran triunfador del serial, que lidió ahora un encierro de muy desigual presencia y juego, con predominio de las dificultades y los problemas para la terna.

El Juli, gran conocedor de la ganadería fue el más afortunado en el sorteo. Claro que el torero madrileño no se conformó con esas suertes y salió a por todas. Evidenció estar en plena sazón y madurez. Con su nobilísimo primero se metió pronto en faena. Enseguida se echó también la muleta a la zurda, regalando una colección de naturales a cual más profundo y hondo, bajando la mano una enormidad y apurando totalmente a un toro al que obligó al máximo y que nunca renunció a la pelea, creciéndose en la misma siempre hasta el final. Muy justa la vuelta al ruedo que se le concedió y más dudosa la segunda oreja para su matador, a quien se le fue mano abajo al matar. Corrigió pronto El Juli los defectos del quinto, andarín y pegajoso de salida, y pronto lo metió en vereda. La receta, sencilla: mando y disposición. Dispuesto a redondear una gran tarde no se conformó con haber tenido a la fortuna de su lado, sino que se volcó para justificarla. Otra labor de mano bajísima y templando muchísimo. Tampoco mató a la perfección, ahora la espada quedó trasera y contraria, pero como la suerte ayuda a los audaces, engrosó su cuenta con otra oreja.

Otra se llevó Sebastián Castella del que cerró plaza. Aguantó a palo seco las tarascadas y arreones al pecho de un astado incierto y de poco fiar, derrochó valor y dejó un quehacer de mérito. Su primero, inválido total, no se aguantaba literalmente en pie, pero aún así se precisó casi media hora para que, tras ser inútil la presencia de los cabestros, el propio Castella lo despachase de un espadazo. El sobrero de El Torreón que le reemplazó, serio y cuajado, estuvo siempre a la contra. Se quedó muy corto, frenándose y sin dar facilidad alguna a un torero otra vez muy valiente.

Por su parte, Enrique Ponce se fue de vacío tras enfrentarse a un primer toro, que hizo cosas de reparado de la vista, que embestía cruzado, soltando la cara y sin entrega. Muy por encima del animal el valenciano. Sacó genio el cuarto, rebrincado y brusco por el pitón izquierdo, lo que hizo estéril el esfuerzo de un Ponce que si también le pudo no tuvo al santo de cara, dejando otra faena de gran técnica y maestría pero de no tanto oropel para el gran público.